Notas sobre el Desfile dorado de los faraones.

 Mummies procession-The Pharaohs' Golden Parade

 

    Tras un par de días y luego de obsesionarme con su música, me he puesto a pensar en todas las lecturas posibles que internet ha hecho al desfile dorado de los faraones. Mi primera reacción—que ha sido mayoritaria—es la de celebrar (conmovido) el respeto que Egipto aun siente por su antiquísima tradición. La segunda lectura (la del interés económico a través de la atracción turística) es tan obvia que el gobierno egipcio nunca procuró ocultarla y en eso hizo bien. La tercera (la manipulación política) es aún más sutil y de lectura un tanto circunstancial. Su particularidad no me emociona demasiado, pues aun me enceguece la interpretación histórica, lo que se suma a viejas discusiones que deambulan el blog sobre la herencia, la tradición y la memoria, temas que no necesariamente deberían ser monopolio del pensamiento conservador.

    En medio de los interminables comentarios que cualquiera es libre de hacer encontré otras lecturas interesantes por su imaginación y paranoia. Alguien mencionó que a lo mejor procuraban despertar a una de las momias en medio de un pomposo ritual televisado y otro concluyó que aquel ritual era de índole masónico e iluminati. Ciertamente la simbología egipcia ha perdurado en el imaginario simbólico del esoterismo occidental, lo que a la larga la hace víctima fácil de los conspiranoides; el insidioso pasivo verá en el obelisco, la pirámide y la luz símbolos del enemigo de otra religión dominante más accidental y reciente (el culto a Ra, cuando Jesús nació, ya tendría tres milenios) Hoy Egipto se divide tres cuartos para el islam y un cuarto para el cristianismo. Precisamente ambas religiones prohíben la idolatría y los cultos funerarios por fuera de sus ortodoxias, por eso me pregunté ¿Cómo sobrevive Egipto, la memoria de su antiquísima identidad, sofocada en medio de dos metafísicas tan asfixiantes?

    La respuesta es simple y nos arroja a la tercera lectura; el nacionalismo. Esta es sin embargo la respuesta superficial, pues existe otra aún más profunda; Egipto puede ser perfectamente cristiano pues el cristianismo (y en cierta medida, el judaísmo y el islam) son copias de la simbología religiosa egipcia.  El dios judeocristiano es una copia semita de Amón Ra, Jesús tiene elementos de Osiris, Ptah y Horus, mientras que Isis y María siguen el esquema mítico de las madres vírgenes. Sin embargo, desviarse a la mitología comparada es poco interesante para esta nota. La pregunta importante es, ¿Puede la memoria histórica, el culto a la herencia y la tradición convertirse en una excusa aceptable para los discursos nacionalistas?

    O peor aún, ¿Qué podría ser el nacionalismo para una tradición milenaria? Como latinoamericano y habitante de una nación que apenas y tiene consciencia de sí misma, me resulta incomprensible una historia de 5000 años sobre mí. ¿Qué efecto tiene algo semejante sobre la identidad individual? Lo ignoro. La inmensa gravedad de la historia en estas dimensiones me parece aplastante; yo no podría levantar la cabeza. Por ello mismo me resulta complicado juzgar el nacionalismo de un país como Egipto—y es mi naturaleza desconfiar e incomodarme con todo nacionalismo—aquí sin embargo me contradigo, pues las fronteras entre el orgullo cultural y el respeto por la herencia se me difuminan políticamente.

    Beizoni anota en sus crónicas de viajes que durante el advenimiento del islam buena parte de los líderes religiosos quisieron aniquilar los símbolos egipcios, pero nunca se atrevieron a tocar a la esfinge y a las pirámides por temor a una insurrección popular.  El desprecio del islam por la iconografía egipcia perduró pero el respeto de los egipcios conversos al islam por estos símbolos no cedió jamás, lo que concluyó en una especie de sincretismo no aceptado que perdura hasta nuestros días. Según al-Idrisi que las pirámides sobrevivieran a la censura del islam se debe por completo al temor mágico que inspiraban en los campesinos, que procuraron (incluso artificialmente) sacralizarlas como objetos sagrados relacionados con Mahoma para que fuesen dejadas en paz. Respecto al cristianismo basta mencionar que en plena plaza de San Pedro se levanta un obelisco egipcio de 330 toneladas robado por Octaviano, que Calígula usó para decorar su circo privado. El Papa Sixto V trasladó el obelisco a la plaza y lo coronó con dos leones y una cruz como símbolo del dominio del cristianismo sobre el paganismo o aún mejor; como reconocimiento inconsciente de su depredación simbólica.

    Creo que la identidad histórica es aquello a lo que no podemos renunciar sin importar en qué creamos, y para ello los símbolos son fundamentales. La lectura materialista siempre prescinde de los símbolos y de los mitemas que una sociedad comparte, y por ello está condenado a equivocarse irremediablemente. Los mitos comunes son el aire de una sociedad. No dudo que los egipcios sean musulmanes y cristianos devotos, pero tampoco dudo que habrían quemado al Patriarca Copto o al Califa si se hubiesen atrevido a dañar las pirámides o a alguno de sus faraones. Y a este grado ya no importa si aquellos reyes fueron tiranos o déspotas, pues las tragedias y las heridas del pasado también crearon lo que son ellos hoy en día. La identidad  colectiva está en una capa mucho más interna que la convicción, y no me cabe duda de que aunque pueda ser manipulada políticamente, a diferencia de los nacionalismos suicidas suele ser universalista y abierta. La identidad cultural no es ese cierre hermético y excluyente que hoy las universidades norteamericanas quieren vender como autenticidad. La identidad es un llamado del ser y una invitación a la comunicación, pues la identidad no existe sin el otro que reconoce. 

    Por lo demás, el tiempo nos dirá el uso político que lo ocurrido el pasado sábado tendrá, y a diferencia de los hombres como yo el tiempo siempre carece por completo de romanticismo.

Dejaré un pequeño resumen del evento por aquí. Quien quiera verlo por completo puede hacerlo en el siguiente video.