El amor, el semen y la sangre ( cuento)

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Entonces, ¿estabas enamorado de mí? Si, dice él. Como desde sexto. Era un poco obsesivo contigo en realidad; a veces pasaba varias veces al día por tu casa con la esperanza de encontrarte y saludarte. Nunca lo noté, dice ella. Igual salía muy poco. Pasé mi adolescencia acostada frente al televisor viendo novelas y caricaturas, me aburría pero mis problemas de salud no ayudaban demasiado. ¿Recuerdas? Nos hicimos amigos porque me fascinaban tus historias de viajes entre pueblos y ciudades, en las fincas del pueblo o incluso tus paseos nocturnos con tus amigos bohemios. Te confundía un poco con el mundo, yo nunca tuve una vida así. Cuando me levantaba me dolía la cabeza y por eso tenía que volverme a acostar. Me daba vértigo y mareo todo el tiempo, era horrible. Pero ahora que me lo dices si recuerdo verte un par de veces, pero lo recuerdo porque mi mamá me preguntó por ti. Es un compañero de colegio, le dije. Pues no me gusta nada respondió ella. ¿Recuerdas esa vez en la que cruzamos la quebrada y pasamos la lluvia debajo de un plástico de cafetal? Si, lo recuerdo, dice ella; fue divertido. Yo me moría por besarte. Menos mal que no lo hiciste. ¿Por qué? Porque habrías arruinado el momento. En los instantes más tristes de mi vida he recordado esa escena como algo puro e inocente, como un momento de amistad honesta al que enturbias ahora con tu declaración de amor. Yo te veía como mi amigo, no me gustabas, sin embargo si me hubieses dicho algo sobre el amor habría terminado aceptando ser tu novia solo para no perderte. Es decir, habría descubierto mucho más joven algo que descubrí después, y es que el cariño no equivale al amor. Menos mal no ocurrió. Creo que ese noviazgo habría sido la faceta rebelde que me debo todavía. ¿Faceta rebelde? he escuchado cosas sobre ti. Seguramente son ciertas. ¿De verdad te acostaste con el trabajador de tu padre? Sí, es cierto, ¿Quién te lo contó? Ya no lo recuerdo en realidad; ya sabes, pueblo pequeño infierno grande. Déjame adivinar, ¿Te preguntabas por qué con él sí y contigo no? En primer lugar acabo de enterarme de que yo te gustaba. Nunca me lo dijiste. Es verdad. En segundo lugar Libardo era lo contrario a ti, también lo contrario a mí, era muy vital, un poco salvaje y enérgico, me fascinaba. Tú eras muy parecido a mí, es decir, eras otro niño enfermizo. Yo te veía como un hermano o peor aún, como otra parte de mi misma. El caso es que muchos de mis mareos eran de pura excitación al verlo sin camisa y cargar cajas y barriles pesados. ¿Te parece ridículo? ¡Deja de reírte! Yo era una Rapunzel atrapada por las alergias con un musculoso chico de pueblo al que mis padres ninguneaban por pobre. Su olor me enloquecía. No sé cuándo lo notó. Yo también le gustaba. En aquel entonces eras una chica linda. ¿Qué edad tenía él? Era mayor que nosotros unos cinco años. Me enfurecía que mi papá lo tratara mal y un par de veces lo consolé mientras lloraba de humillación, sin embargo no quiero parecer una mártir frente a ti; en realidad el sexo fue una venganza contra mi propio encierro. Él murió hace un par de años, ¿Sabes? ¿Libardo o tu papá? Mi papá. Mi sentido pésame. (…) Imagínate, yo amaba a mi papá y me enfurecía que fuese injusto, y cuando lo era me sentía traicionada. Creo que terminé diciéndole a Libardo: mi papá podrá humillarte pero te quedarás con lo que él más aprecia. Supongo que tu papá quería morirse cuando se enteró. Nunca lo supo, nos descubrió mi madre. ¿No crees que si yo me enteré, estando tan lejos de tu familia, él también pudo saberlo? Los secretos son más oscuros a tu alrededor; siempre eres el último en enterarse de aquello que realmente te afecta. El caso es que aquel día hacíamos el amor en la bodega de la casa y se suponía que mamá llegaría muy tarde y que Papá estaba en Bogotá y no llegaría hasta el fin de semana. Yo estaba acostada en una mesa llena de herramientas, tenía la falda en el suelo y el brasier y la blusa subidos y casi desbaratados. Él estaba de pie, desnudo de la cintura para abajo. La mesa golpeaba contra la pared. Yo escuché la puerta abrirse pero creí que era un sueño. Siempre pensaba en muchas cosas en el sexo con él, nunca logré estar, ¿Cómo se dice? En el “Aquí y el ahora”. A veces incluso pensaba en nuestras conversaciones y pensaba en qué contarte al día siguiente. Desde luego que el sexo era satisfactorio, Libardo era un gran amante, uno de los mejores que he tenido en mi vida. Supongo que era la culpa la que impedía una conexión total, pero lo disfrutaba mucho a pesar de mi mente volátil. El caso es que escuché la puerta y lo apreté con las piernas. Puede que fueran un puñado de segundos y en realidad no hubiese forma de no ser descubiertos, pero durante ese puñado de segundos no lo dejé liberarse de mi interior, lo amarré con toda mi fuerza y por eso mi mamá abrió la puerta y lo vió dentro de mí, con las nalgas al aire y mis piernas enroscándose por su cuerpo. Y mientras ella gritaba yo pensaba “Esto es un sueño, no es real, es un escenario terrible, una cosa loca de mi pesimismo” creo que me desmayé por un par de segundos mientras sentía el orgasmo más intenso y horrible de mi vida. Tuve ganas de gritar, de gemir y vomitar al mismo tiempo. Fue como un terremoto, me estremecí toda, sentí la electricidad y las náuseas cubrirme de pies a cabeza al punto que creí que se pasaría al cuerpo de Libardo a través de nuestra desnudez y él terminaría en el suelo temblando como lo habría hecho yo si estuviésemos solos. Mi mamá creyó que Libardo me violaba, incluso tomó una pesada llave y se la arrojó a la cabeza abriéndole una herida que me despertó. Escuché sus gritos y le dije, no, mamá, fue decisión mía. Yo lo busqué. Se escucharon gritos y maldiciones, insultos y amenazas de muerte. Mi hermano menor estaba con mamá y ella incluso le dijo “Ve por el revolver de tu padre” mi hermano era un niño de ocho años. ¿Te imaginas a un niño de ocho años bajando unas escaleras con un revólver? Todo fue muy ridículo en realidad. Yo me levanté acomodándome la blusa y le dije; entonces mátenos a los dos. Mi mamá empezó a llorar. Le dijo a Libardo que se fuera y que no lo quería volver a ver en la vida. Su voz temblaba tanto como la mía. A mí me cacheteó diciéndome, ¿Y a ti que mierda te falta? ¿Qué te pasa? No sé qué me falta, le dije. Estoy harta del encierro y de mi vida. Me pidió que me fuera para mi cuarto y así lo hice. En el espejo me vi la cara cubierta por la sangre de Libardo y con el seno izquierdo desnudo y tuve ganas de reír pero en vez de eso empecé a llorar. Como a las siete mi mamá fue a mi cuarto y me tiró a la cara mi ropa interior. Me sorprendió su asco, nunca había sentido algo parecido. Yo me quedé acostada viendo la ventana de mi cuarto. Ni siquiera me lavé la sangre de la cara. Es más, en cierto momento el semen de Libardo empezó a salirse y yo lo toqué con una mano mientras la otra tenía una mancha de sangre. ¿Qué sería a partir de entonces de mi placer? Pensé, y luego me puse ambos fluidos en los labios despidiéndome de él, pero en ese instante me imaginé embarazada. Si tuviéramos un hijo tendrían que aceptarnos, seríamos familia, pero allí tuve que aceptar que no amaba a Libardo y que un hijo sería la decisión más estúpida y egoísta que podría tomar en mi vida.

Durante quince días no salí de mi habitación. Mi mamá me hizo pruebas de embarazo y todas las enfermedades venéreas posibles. Hoy me sorprende que no quedara embarazada pues él siempre terminó dentro de mí; a lo mejor quería embarazarme como un método de ascenso social.  Creo que fuiste a verme en esos días y me llevaste unos chocolates y un cd. Me dijiste que otro enamorado los había enviado y yo te creí. También me llevaste un dibujo que colgué junto a mi cama. Extrañaba nuestras conversaciones. Recuerdo que dibujaste una guitarra. Entendí que ese día por primera vez mi mamá te trató bien pues supo que estabas bien lejos de mi corazón. Recuerdo ese día, ella me sirvió chocolate y me pidió que te esperara en la sala, tú te asomaste desde el segundo piso y te dije: tienes cara de Magdalena. Era evidente que habías llorado pero yo imaginaba que era asunto de tu enfermedad. Recuerdo esa imagen, verte con una taza de chocolate en la mano y pensar que eras un niño afortunado y que me producía mucha envidia tu libertad. Creo que te envidié y creo que te odié; pero el contraste entre los dos, entre tu vida y la mía  me molestó y por eso no quise bajar. !Fuiste como un ave pavoneándose en una cárcel de su libertad!

Espero que no uses esta historia para alguno de tus relatos grotescos, ¿Verdad que no lo harás? Y si lo haces al menos no menciones mi nombre. ¡Suficiente golpeada está mi reputación tan solo con la gente que recuerda que un día tú y yo fuimos amigos! 



 

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