Y cada tanto regreso al anarquismo…(parte 2)

 


 

 Respecto a tu pregunta, ¿Por qué soy Anarquista?

En nuestra última conversación hablamos de la República de Platón y de cómo la filosofía creó un paradigma de sociedad del que no nos desharíamos en toda nuestra historia hasta el advenimiento del anarquismo. Usted me dijo que las utopías siempre son de izquierdas y yo le respondí que una sociedad inmutable también es utópica, sin embargo coincidíamos en que expulsar a los poetas era razonable desde cualquier paradigma utópico, y con los poetas sobrevendría la expulsión de todos los demás artistas. Si bien cada artista posee su propia utopía, las utopías son incompatibles con la creación, y ni que decir del arte; más que una doble mentira, el arte es una agresión política constante, un metarrelato consciente que el pensamiento único no aceptará jamás como ente autónomo a la realidad. Por ello hay gente que siempre espera del arte pedagogía, utilidad práctica o peor aún, moral, y cuando esta utilidad trasgrede sus intereses se vuelven incendiarios y censuradores; siempre hay que ver a estos individuos como los peores enemigos de la libertad. Esto ha sido evidente en estos días donde todo revolucionario menor cree que agredir al arte o agredir la ficción inicia una trasformación política de la realidad, lo que a la larga es invertir por completo la estructura de causa-efecto que vincula al arte con el mundo. En su condición de artificio el arte es el pilar más débil de la cultura, el más fácil de romper, y por ello es natural que los cobardes tengan esa predisposición a crear victorias pírricas agrediéndolo. Después de todo, ¿Puede un libro, un personaje de ficción, una obra arquitectónica o una pintura defenderse por si misma? Después de la expulsión de los artistas viene la expulsión de los herejes, los historiadores, la diversidad religiosa y sexual, y ni que decir de la diversidad política; desde la mentalidad utópica todo aquello que nos recuerde la caótica naturaleza humana debe desaparecer.

En la concepción platónica de un Estado sano está la muerte del espíritu humano, la muerte de la trasgresión, la imposibilidad del disenso. Desde aquí los viejos relatos unificadores han postulado el arte como degeneración y probablemente tengan razón en ello; el arte es la única y verdadera naturaleza trasformadora de la sociedad. Que Platón se desgaste explicando por qué la poesía es una ficción, una mentira, y de allí quiera justificar no solo la desaparición de los poetas sino también la desaparición de todo relato trágico que pueda “inculcar cobardía” en los soldados, me recuerda una frase de Jesús G. Maestro “El escritor es el único mentiroso que es capaz de admitir que su discurso es una patraña”. A Platón en realidad no le disgusta la mentira, le disgusta la mentira que atente contra los intereses de la República, intereses que no son más que la extensión manifiesta de los intereses de un rey filósofo…porque la República (como todas las utopías) también es una falsedad.

Entonces me preguntaste ¿podemos concebir un pensamiento político que no sea utópico? Y yo no supe que responder. Ciertamente no tengo una respuesta para algo así. En lo político siempre existe una proyección de mi deseo de un “deber ser” hacia la sociedad. Esa proyección es “mi ideología”, un “deber ser” que más que incluir los deseos e intereses de otros favorece los míos, y como opuestos están los otros, contendientes de mi deseo en base a sus propios intereses. A mayor desesperación (mayor negación histórica de mi satisfacción) mayor es la intensidad de mi deseo, lo que a la larga imposibilita la esencia de una política civilizada que es la negociación. Los utópicos no negocian, imponen. La violencia de una utopía es la violencia de una negación prolongada. En Colombia ninguna ideología parece presta a la negociación; derecha, izquierda y centro están convencidos de la verdad absoluta de sus posturas por encima de las demás, por ende son ideologías desesperadas, y en esencia, antipolíticas. Si bien no creo posible un pensamiento político sin una carga utópica egoísta (la palabra “egoísmo” junto a “utopía” podría considerarse redundante) lo peligroso en la política es un pensamiento utópico que se niegue a negociar, que niegue la validez de los otros a interponer sus intereses así como él busca los suyos. La negación política del otro es la esencia de todas las utopías. Por ello la ciencia ficción del siglo XX nos dejó como conclusión moral que la diferencia entre una distopía y una utopía es la mera perspectiva de quien la describe.   

Confesa la enemistad histórica de la República con los poetas, estos no pueden ser nada distinto a anarquistas. Yo nunca he podido considerarme a mí mismo un poeta o un artista, pero políticamente no tengo más opción que situarme en su misma dimensión.