¿Qué es exactamente la moral?


 Morality, See Nothing, Hear Nothing, Nothing To Say

Como tengo una muy mala memoria cada tanto tengo que repetirme algunas definiciones para mentirme a mí mismo convenciéndome de que entiendo lo que significan. Definir las palabras es como intentar encerrar un animal salvaje, y entre todas las palabras ningunas son más salvajes que las abstracciones; por ello constantemente cambio la terminología, pues soy muy consciente de lo engañoso de mi propósito.

 Paralelo a esto, cuando discuto con alguien me gusta dejar algunas definiciones demarcadas de partida. Es como decir “Partiremos desde aquí, como pura convención; nos subiremos en caballos salvajes y bordearemos la selva, pero si nos descuidamos y entramos sin preparación la selva semiológica nos devorará sin remedio. Ningún insensato ha regresado vivo de allí.”

En esta época me resulta difícil responder sobre qué es la moral, sobretodo porque la definición del diccionario reza que la moral es la comprensión de las normas y reglas que una sociedad ejerce sobre sí misma. En otras palabras, la moral es una convención social donde aceptamos y practicamos un conjunto de parámetros sociales. La moral nos dice lo que es correcto y lo que no a partir de cierto grado de consenso. Esta definición sin embargo resulta inútil cuando hablamos de confrontaciones morales, revisionismo ético, censura moral o si quiera cuando nos asomamos más allá de los absolutismos kantianos.

Si la moral es consenso, ¿Cómo podría existir una confrontación moral dentro de una misma sociedad? O aun peor, ¿nos atreveríamos a otorgarle un peso ideológico a una orientación moral?

¿Qué es exactamente la moral hoy en día? Para entender esto debemos asimilar una de sus características más superficiales; la moral generalmente se desdobla en dos capas; una que hace parte del discurso y otra que puede leerse de la práctica cotidiana de las personas, y esto es independiente a la ideología de los individuos. No comprender este doble discurso implica malinterpretar buena parte de los comportamientos humanos. El purismo moralista nos lleva constantemente a desvanecer el beneficio pragmático a corto plazo de la hipocresía, y con ello desvanecer casi la mitad de la verdad. Los seres humanos nunca se limitan a lo que cree, y ni siquiera a lo que suponen que creen; también son importantes los aspectos de sus creencias que deciden ignorar y las contradicciones que minimizan o exaltan. Lo que verdaderamente creen está escondido en aquello que deciden ignorar.

Si bien la moral no escrita siempre ha sido más importante que la escrita, la moral general posee un pensamiento utópico que usualmente explota cuando ambos discursos se distancian demasiado. En la práctica cada individuo está más armado de egoísmo que de moral, y su reactividad frente a su experiencia personal mueve el vaivén de la moral colectiva (que nunca se trasforma, solo se relaja a través de justificaciones pragmáticas. A la moral general le es imposible mantenerse indefinidamente tensa y por ello deambula entre la contradicción y la complacencia, entre la laxitud y el fanatismo. Nuestra moral individual siempre es una respuesta a la moral colectiva).

¿Qué es la moral? La moral (ahora creo) que es la sustancia de nuestras utopías. Más que el consenso y la costumbre, la moral es lo que esperamos de la sociedad. Sé que esta definición contradice su etimología, y que generalmente espero que el origen de una palabra resuelva los misterios de una definición, pero la expresión ἠθικός (traducida al latín como moralis) nos deja una turbieza semiológica; si bien con los años la filosofía ha resuelto disolver el origen común de ambas palabras, la ética y la moral pierden su rumbo como significados de “tradición” o “costumbre de la sociedad” durante épocas de anulación metafísica.

Una nueva moral es la denuncia de la palidez de la moral anterior, pero sin duda ambas parten de los mismos principios. Si bien ha existido la moral egoísta, en el papel todo nuevo paradigma está fundamentado siempre en el bien de la sociedad; en ello la moral conserva de su etimología ese llamado al “deber ser” de la sociedad. El gran problema es lo que hacemos basados en esa nueva moral. Después de todo, los seres humanos nunca están tan ciegos como cuando creen fervorosamente que hacen lo correcto. A esta apasionada ceguera Houellebecq la llamó “mutación metafísica” Una nueva moral arrasa con la anterior sin ningún miramiento y sin detenerse a reflexionar demasiado por las consecuencias de su fogosidad. Una nueva moral es un incendio mientras la vieja moral es madera seca y podrida.  Una nueva moral surge de la esperanza de poder remediarlo todo con un solo esfuerzo (en esta creencia, pese a su ímpetu, es una moral ingenua y perezosa) un nuevo mundo, mejor que este siempre está al lado de los héroes y los mártires, de los revolucionarios y los locos. Una nueva moral es dinamita, un mundo nuevo, una causa justa, pero su eficacia depende monstruosamente del azar y siempre los números están en su contra.

Porque el mundo siempre retoma el camino; los principios morales se pervierten y al pervertirse sus mártires se apagan, el poder se regulariza y el desgaste ideológico vuelve.  El mundo empieza a gritar por otra mora, ya que la antigua ha muerto.

La reflexión en momentos así parece un privilegio de los espíritus agotados.