La última noche - cuento.

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    ¿Que hacíamos aquella noche? 

    Estábamos afuera de la casa, sacamos algunas sillas y Antonio extendió con un cableado largo su vieja grabadora de cds. Habíamos comprado un par de botellas de aguardiente, eran las nueve de la noche y todavía el clima era lo suficientemente cálido como para estar sin camisa a la intemperie. Antonio y José se encargaron de la música, Cristina y Diana fueron a la cocina y organizaron una picada con los restos de la parrillada de la tarde. Tengo diecisiete años. Me he emborrachado dos veces en una misma semana. En una de esas ocasiones los chicos me invitaron alguna droga. El gesto me desconcertó, pero como palidecí y demostré incomodidad me sonrieron con burlona simpatía.  

    Tranquilo. Si no quieres, nadie te obligará, me dijo José.  

    Cristina y Diana son amantes, pero hasta el momento no se han atrevido a contárnoslo. Todos convivimos en una casa de una sola planta con una cocina que compartimos y un par de baños. Somos buenos amigos. A veces cocinamos juntos. Yo ocupo la última habitación de la casa, la más pequeña que suele reservarse en la arquitectura tradicional a las mujeres de servicio doméstico. Antonio y José nacieron en San Agustín, son amigos de infancia y comparten la habitación de en medio. Solo falta Nicolas, que seguramente llegará ebrio a las tres de la mañana. A veces grita el nombre de cualquiera de nosotros pidiendo que lo arrastremos hasta su habitación pues ni siquiera puede mantenerse en pie. 

    Aquel fue el primer tema de conversación de esa noche, ¿Quién entrará a Nicolas? Cuando nadie le abre suelo ir yo a arrastrarlo hasta su habitación, pero lo he hecho cuatro noches seguidas y también estoy un poco harto de él. Es un hombre fornido, simpático y con una calvicie temprana. Además es el cumpleaños de Antonio. Él lo sabía y sin embargo se ha ido a beber con sus amigos de la universidad. Así que acordamos ignorarlo aquella noche. Me dicen que quien más fácil puede romper ese acuerdo, ese castigo por omisión soy yo que siempre me compadezco de él, pero aclaro que estoy dispuesto a ignorar solo por aquella noche su llamado de socorro.  

    Que los amigos con los que se emborracha lo arrastren hasta la cama y le den un besito de buenas noches, dice Antonio, malhumorado. Sin embargo le guarda carne y guacamole hasta el día siguiente. Le digo a José que guardarle guacamole es inútil pues está a punto de dañarse y pronto será incomible pero él me contesta. 

    Es asunto de él. Si no se lo come agravará el desplante.  

    Cristina me saca a bailar. Miro a Diana de reojo y tomo su sonrisa como una aprobación. Bailamos una canción de salsa, pero mi torpeza nos hace reír. Cristina trata de explicarme amablemente aquello que debería hacer pero no tengo motricidad en los pies. Reímos y bebemos, contamos historias vergonzosas que nos unen más como amigos y bebemos otra vez. Aquella noche Diana y Cristina se atrevieron a besarse frente a nosotros y los demás celebramos su honestidad. A la una de la mañana ya no soy consciente de mismo y llego a mi cama ayudado por Antonio. Los demás recogen todo y tras algunos minutos la casa está en silencio otra vez.  

    Es una lástima que Nicolas se perdiera esta noche, pienso antes de dormir. En medio de mi sueño escucho su voz pidiendo ayuda para entrar, pero decido ignorarlo por lealtad con los demás.  

    Mi noche está plagada de sueños terribles. La habitación me da vueltas y a lo lejos, escucho la voz de Nicolas cada vez más tenue. Es una noche calurosa. No le hará daño pasarla en el asfalto al menos una vez, pienso en medio de mi sueño.  

    Nicolas es el único de nosotros con una nevera en su habitación. Cuando recién llegué a la casa, él mismo me la ofreció cuando necesitara guardar algo de comida.  Sin embargo casi siempre la tiene llena de cervezas y otros licores y rara vez le alcanza el espacio para guardar lo de los demás. Hace un par de semanas le ayudé a hacer un video de publicidad. En agradecimiento me invitó un almuerzo generoso en un sitio decente que los estudiantes rara vez pueden frecuentar. 

    La noche pasa turbiamente, tengo dolor de cabeza. A la madrugada Diana Y Cristina entran a mi habitación, son las cinco de la mañana. Como son enfermeras, ellas suelen llegar a su trabajo a las seis de la mañana y siempre son las primeras en levantarse. Por eso solo solemos vernos en las noches o los fines de semana.  

    Nicolás está muerto, me dicen llorando. Está muerto y tirado afuera de la casa. Despertamos a José y a Antonio y entre todos cometemos el error de arrastrarlo dentro de la casa.  

    No solo eso, le han robado. No tiene ni papeles ni teléfono, pero tampoco heridas. Hay polvo blanco aun en su nariz y un hilito de sangre seca tocándole los labios.  

    Tenemos que llamar a la policía, dice Diana.  

    Dirán que murió aquí, les digo yo. Tenemos un montón de rastro de fiesta en la casa, José y Antonio tienen drogas en el cuerpo. Estamos en shock. Lleva un par de horas muerto, dice Diana. Lo peor de todo es que los vecinos lo escucharon anoche. ¿Escucharlo? Me preguntan. Les digo que anoche lo oí pidiendo auxilio. Nosotras no oímos nada, me dice Diana, estamos en la primera habitación. Escuchamos cuando llegó, pero nadie tocó la puerta. Igual todos estábamos ebrios, así que bien pudimos escuchar u no escuchar cosas, les digo.  

    José y Antonio tienen que irse de la casa y llevarse su basura con ellos, dice Diana. Diremos que no han estado aquí en las últimas horas. Los demás limpiaremos y diremos que lo encontramos así. Tenemos alcohol en la sangre, le digo. No será tan importante a esa hora, me dicen las dos. Para entonces ya lo habremos metabolizado.  

¿Soy el único que escuchó sus gritos? Antonio y José no escucharon nada. Eras el más alcoholizado, me dicen. Es muy posible que lo soñaras.  

    Tal y como lo estoy escribiendo pareciera que todo ocurre con cierta frialdad, con cierto menosprecio, pero la verdad es que estábamos aterrados y heridos. Queríamos a Nicolás, era nuestro amigo. Incluso lloramos mientras lo arrastramos y lloramos al ver sus ojos de vidrio y su boca entreabierta y reseca como una costra. No queremos tocarlo. Su piel es fría como una chaqueta de cuero húmeda. 

    A las nueve llamamos a la policía. Todo el protocolo ocurrió como de costumbre, pero la verdad es que su muerte despertó menos preguntas de las que imaginamos. Medicina legal dijo que murió de una sobredosis. Nicolás tenía un largo historial de incidentes violentos gracias a la ebriedad. La policía apenas y le preguntó a sus amigos más allá de la casa. Nunca nos hicieron una prueba de sangre a nosotros ni nos preguntaron si también habíamos bebido o consumido drogas Creo que en tres días su expediente ya había sido cerrado.  

    Fue precisamente al tercer día que su familia llegó a la casa para retirar sus cosas. Encontraron una cantidad considerable de drogas y licor y ese mismo día encontré el guacamole y la carne que guardábamos para él. El guacamole ya era una masa negra y seca. La carne apestaba. Solo entonces descubrí que no había comido nada durante tres días y al pensar en comida sentí nauseas. Corrí al baño para vomitar bilis en la primera arcada. Las contracciones inútiles posteriores me resultaron dolorosas y asfixiantes.  

    Al cuarto día Diana se fue de la casa. No puedo vivir aquí, nos dijo, y a pesar de todo le dimos la razón. Le pregunto si es necesario o sospechoso que se vaya así. Has visto muchas películas de detectives, me dice. A nadie le importa la muerte de un adicto. Incluso su familia luego de ver todo lo que escondía en su habitación aceptó en el fondo que murió en su ley.  

    Para los demás es incómodo que les recuerde que aquella noche escuché o soñé con sus gritos de socorro. Eran iguales a los de los demás días en los que nos llamaba para que lo arrastráramos. Siempre llamaba a Diana primero, luego a José, luego a Antonio y por último a mí. En medio de la embriaguez recordaba el orden de cercanía a la puerta de la calle, comento con una sonrisa amarga. Durante las noches siguientes, justo antes de quedarme dormido, creí escucharlo otras veces pidiendo socorro. 

    Guárdate eso para ti, ¿quieres? Me dice José. Tus comentarios no son agradables.  

    No puedo, les confieso. Me ahogo con esto y necesito decírselo a alguien.  

    ¿Te sientes culpable? Me pregunta Antonio. No lo sé, le respondo. Realmente no creo que pudiéramos hacer nada por él, incluso si salíamos todos esa noche a rescatarlo. Tenía muchísima droga en la sangre. Y si no moría esa noche se moría en cualquier otro momento. Sin embargo recordarlo me ahoga. Nadie merece morir así y menos alguien a quien consideré mi amigo.  

    Al día siguiente encuentro vacía la habitación de Antonio y José. Todas las habitaciones están vacías, excepto la mía. Llamo a mi madre y le digo que necesito cambiar de casa. Falta una semana para que se cumpla el mes, me dice, yo empiezo a llorar y le digo que no aguantaré tanto tiempo. Veré que puedo hacer mañana, me dice, por hoy quédate ahí. Cuelgo. El silencio en la casa me resulta ensordecedor.  

    Llamo a José, A Antonio, a Diana, pero ninguno me contesta. Un amigo de la universidad dice que puede acompañarme algunas horas. Nos emborrachamos en el parque y casi le ruego que se quede conmigo. Lo siento, me dice. Mi madre escuchó la noticia del estudiante muerto y me está fiscalizando las llegadas.  

    Considero seriamente dormir en la calle, pero el miedo me gana. Acudo a casa con pastillas para dormir. Solo será una noche, me miento a mismo. Una vez en mi cama enciendo la grabadora y la dejo encendida toda la noche por temor al silencio.  

    ¿A que le temo exactamente? Me pregunto a mismo mientras pasan las horas, ¿Es miedo lo que siento? No creo en fantasmas en realidad. Le fallé, me digo a veces. Todavía tengo en mente que las 3 AM un carro lo arrojará frente a la casa y empezará a pedir ayuda para entrar. En esos gritos que interrumpirán el sueño de todos seré yo el que acuda a abrirle, pero ahora la casa está vacía y en silencio. Creo que lo que realmente me aterra son esos gritos que no estoy escuchando.  

Bogotá 26/02/21