“El hombre es el ser por medio del cual la verdad aparece en el mundo” – Sartre.

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    Los escritores solemos ser sofistas ignorantes con libertad para renegar de cualquier cosa, y de hecho este blog es el mejor ejemplo que se me ocurre para una afirmación semejante; aquí lo habré negado y afirmado todo sin ninguna vergüenza o temor a la contradicción. Y por ello una de mis fascinaciones más reiterativas es la libertad, ya que uno de los beneficios de no ser famoso es que mi libertad de opinión resulta inofensiva e irrelevante para la sociedad. Y aunque soy un liberal extremista alguna vez traté fervorosamente de oponerme (intelectualmente hablando, por ánimo recreativo) a la libertad. Me interesé por la censura, por el control de información y por el ejercicio del poder Estatal sobre la información; esto ocurrió cuando Trump popularizó el concepto de Fake News aplicándolo a los medios establecidos de corte demócrata, asunto que junto a mis lecturas históricas del periodismo local me ayudaron a notar que lo verdaderamente interesante tras el concepto de Fake News es que siempre han existido como fenómeno mediático, y que la verdadera novedad al respecto es la posibilidad reciente de contrastar información. Por eso creo que internet es el verdadero antídoto contra las fake news, no su causa; de ahí que todo el esfuerzo institucional se haya enfocado en repetirle a la gente que la “cura” a la desinformación es siempre acudir a los medios tradicionales.  De este interés por la censura terminé llegando a “Contra la censura” de Coetzee, libro que me llevó a un viaje corto a Argentina y que además terminó por convencerme definitivamente sobre la imposibilidad (o mejor aún, sobre la improcedencia) del control Estatal de la información.

    Hoy creo que la única forma de combatir la desinformación es con más información. No es posible invertir el flujo creciente de información sin interrumpir a la sociedad tecnológica, ello aunque internet cada día se vuelva más sofisticado en el arte de censurar. Son los lectores los que deben asumir una posición más activa frente a las noticias y opiniones que consumen; en esto soy más bien relativista, para mi pesar; creo que la sociedad es un entretejido de relatos subjetivos que crean en su interacción una realidad objetiva. Nuestros relatos particulares, nuestras mentiras personales son absurdas si tuvieran una pretensión de universalidad, pero eso no hace que esos “relatos personales” sean menos importantes para cada uno de nosotros. Por ello para saber qué ocurre en realidad deberíamos leer todas las fuentes posibles. Pequeñas, medianas, diminutas, documentadas e indocumentadas; en la era de internet ninguna fuente de información puede sobreponerse a las demás. Entre más logremos reunir en nuestro ejercicio de “lectores activos” más cerca estaremos de la verdad objetiva como ejercicio de conocimiento de la realidad.

    Desde luego que es imposible hablar de libertad sin pasar por Sartre. La frase que titula esta nota proviene de “La libertad cartesiana” un breve texto de Sartre que nos habla de la libertad como un ejercicio de compromiso con la verdad.  Una verdad objetiva, sobra decir; terminé leyendo este texto gracias a este video sobre el ser y la nada y de allí proviene estas líneas; me interesé por la interacción sartriana entre verdad y libertad que trasciende buena parte de sus obras, pues aunque yo también me siento comprometido con la libertad,  de algún modo llego siempre a conclusiones opuestas a las suyas.

    Para saltarse el relativismo social, Sartre acude a las matemáticas para ofrecerle a su posición una verdad frente a la que no podemos discutir. El niño—nos dice—que realiza una operación matemática, que aprende aritmética sometiéndose a aceptar unas reglas operacionales frente a las que no posee ninguna libertad, debe desligarse de su libertad al someterse a un procedimiento para encontrar la verdad objetiva. La libertad radica entonces en aceptar, en afirmar aquella verdad. En decir “si” o “no”. La verdad necesita de lo humano para existir, y a continuación dice:

    …Su reacción espontánea consiste en afirmar la responsabilidad del hombre ante lo verdadero. Lo verdadero es algo humano, puesto que debo afirmarlo para que exista. Antes de mi juicio, que es adhesión de mi voluntad y compromiso libre de mi ser, no existen nada más que ideas neutras y flotantes que no son ni verdaderas ni falsas. Así, el hombre es el ser por medio del cual la verdad aparece en el mundo: su tarea consiste en comprometerse totalmente para que el orden natural de los existentes se convierta en un orden de las verdades. Debe pensar el mundo y querer su pensamiento, y transformar el orden del ser en sistema de las ideas…”

    Creo lo contrario; no hay nada más humano que la mentira. De hecho la naturaleza humana está realmente en la ficción (que también puede ser una operación aritmética, que puede a su modo seguir normas tan estrictas como la aritmética elemental, con todas sus imposibilidades y analogías) Es la fábula y la ficción la que necesita lo humano para existir. Las máquinas pueden ejercer la aritmética sin nuestra intervención, pero nadie más que el ser humano (hasta donde sabemos) puede fabular.

    El gran problema de la mentira, de la fabulación y de la ficción es que su condición de “artilugio” la hace circunstancialmente antipolítica. En el escenario del teatro la ficción es ambigua en su condición de metáfora del mundo. Después de todo, ¿Qué sería Shakespeare sin la política? Esta relación es tan compleja y poderosa que puede enturbiar cualquier posibilidad sensata de censura. ¿Podemos excluir la ficción de la política y la política de la ficción? Yo lo dudo mucho; ambos relatos (construidos de lenguaje) son tan cercanos que hasta es posible que estén entretejidos visceralmente. Si una mentira es socialmente aceptada pierde su condición ficcional y se transforma en política e incluso (en el peor de los casos) en una religión. Del mismo modo la política del pasado, que no nos concierne directamente y de la cual podemos entablar una distancia simbólica es fácilmente interpretada por nosotros como una forma de ficción.

    A veces he dicho que el relativismo puede entenderse como una parodia del pensamiento pero en lo que respecta a las fronteras entre relato y política no veo líneas demasiado claras más allá del consenso social. Podría reducirlo a que la ideología es un relato ficcional que la gente confunde con la realidad, mientras que la ficción, aunque nos persuada con su coherencia interna y pueda ser más realista que cualquier ideología, no tiene compromisos con la realidad más allá de los que ella autónomamente decida.    

    De la verdad como un compromiso humano se puede llegar fácilmente al arte comprometido, idea sartriana que siempre me ha resultado profundamente incómoda. Claro que el arte ( si le apetece) puede ser político, pero en la obra de arte la política debe darle paso primero a la estética antes que a la ideología, so pena de transformarse en un panfleto. Los panfletos pueden ser estéticos, pero son terriblemente mortales, con semanas o días de vida útil. El arte por instinto debe asumirse como algo perdurable.  En la discusión Sasori vs Deidara siempre me iré por el hombre de las marionetas.

    Mi conclusión antisartriana es que la verdadera creación humana (y por lo tanto su verdadero compromiso) es la ficción. La verdadera libertad está en decirle “No” al mundo.  

 

Bogotá, 3 de diciembre del 2020. 

 

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