Desdoblamiento (cuento)

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Me acerqué al anciano tal y como él lo había pedido.

—No te pareces a mí—. Dijo irónicamente, con una voz rocosa que en medio de su agonía parecía decepcionada—mi nariz no se parece a la tuya.

—Es lo que pudo hacerse con los registros fotográficos que entregaste—Le respondí— en tu juventud no existían los escáneres 3D y en vida te las arreglaste para eliminar casi todos los registros fotográficos de aquella época.

El anciano sonrió.

—Da igual, en realidad—Dijo tratando fallidamente de incorporarse— No queda nadie vivo que te hubiese conocido en aquellos días.

Dos enfermeras ingresaron a la habitación y le cambiaron los medicamentos del gotero intravenoso que lo mantenía con vida. Una de ellas abrió la ventana, lo que provocó que el anciano tratara de cubrirse los ojos con sus manos.

—¿Tienes miedo? —le pregunté.

El anciano suspiró.

—Creí que tu existencia aliviaría el miedo de este momento. Creí que me diría a mí mismo que la muerte es ilusoria. Realmente quería creer que existo a través de ti, pero lo cierto es que la muerte sigue siendo un proceso solitario, aquí adentro—dijo señalándose el cráneo, y permaneciendo así durante varios segundos más, absorto en sus pensamientos

—Entiendo tu miedo, mejor que nadie—, le respondí— pero igual creo que mueres con la acostumbrada sobriedad de la familia.

Esa idea lo hizo sonreír.

—Venimos de una larga estirpe de hastiados que fueron valientes al morir, pero no creo del todo correcto lo que dices. Creo que me acobardé desde el mismo momento en que pedí tu construcción. —contestó el anciano.

—No creo que seas un cobarde. La abuela diría que eres un despilfarrador, pero no un cobarde. Aunque también diría que si no tienes hijos ni descendientes da igual lo que hagas con tu plata.

La sonrisa del anciano fue bastante alegre, aunque le provocó un ataque de tos.

—¿Podrías hablarme de ella?

—¿De la abuela?

—Si. Quiero escuchar sobre ella a otra persona. Quiero pensar en ella como algo distinto a un sueño.

—¿Has olvidado que yo sé todo lo que tú sabes? Tus recuerdos me pertenecen. Yo soy tú.

El anciano sonrió con un tono irónico.

—Eso decía la publicidad, pero mírame, ¿Realmente me ves y sientes que somos un mismo individuo? ¿sientes algo? ¿te es posible sentir un extrañamiento semejante?

Reflexioné un momento lo que le debía responder. Por un lado hablaba con un moribundo que más que extrañamiento me producía compasión. A mi lado más que un anciano él era un niño asustado de la muerte, refugiándose en mi por su deseo de prevalecer.

—Se algo de ti mismo y es que nunca creíste realmente en que fuera posible sacarte de tu cuerpo sin que desaparecieras, eres circunstancialmente materialista. Yo existo por tu soledad más que por tu deseo de inmortalidad. Algo de ti quería ser testigo de tu muerte, poder contársela a otros. Por eso me produce algo de vértigo pensar en el día después de que mueras. Siento que para entonces ya habré perdido mi propósito.

—Has dicho algo muy cierto, una verdad que solo podría saber yo mismo—sonrió el anciano, tomando mi mano—Aunque no lo creas me reconforta un poco. Igual quiero que veas todas las cosas posibles y deambules por el mundo y por el espacio. Quiero que veas a Andrómeda y la Vía láctea chocar y fusionarse y presencies esa danza de estrellas que tardará billones de años en terminar.

Sonreí con sus disparates.

—Sabes que eso no es posible. Y si lo fuera a lo mejor ya habría olvidado que una vez fui tú, pues tú serías un momento tan breve e insignificante en mi historia que apenas y podría creerlo trascendente.

El anciano sonrió como si yo hubiese descubierto algo fundamental para él.

 —Te equivocas. Las semillas, aunque insignificantes junto al árbol, siempre sabrán que un árbol residía dentro de ellas. Pero acepto tu punto de la necesidad de desaparecer lo que soy ahora en la infinitud del universo y en la infinitud de lo que serás con el tiempo; en realidad esa es una necesidad latente antes de morir. Es lo que siento ahora, algo de mí no tiene miedo y entiende que esto no es más que un trámite, pero no porque crea en una vida más allá de la muerte. En realidad, lo que ahora me tranquiliza es renunciar a mí, a esto que fui yo.

—Hace algunas semanas, antes de tu último ataque, escribiste en tu diario “Somos los objetos que dejamos, aquello que tocamos y los espacios que ocupamos. Pero si dejara un objeto con mi memoria y mis pensamientos no sería yo” ¿Sabes? Siento esas palabras como mías, como resultado de mi intelecto.

—¿Y aún piensas igual?

—No en realidad. Cuando la abuela murió su valentía radicaba en dos aspectos. En su abandono del yo y en el consuelo de que algo de ella perduraba en todos los que la rodeábamos. La aceptación pacifica de la muerte implica algo semejante; “Sé que voy a morir pero dejo a cambio algo de mí en el mundo”

—¿Será esa mi incertidumbre? Yo no dejo a nadie en el mundo. Incluso he llegado a sentir pena por ti y por tu soledad, por ese yo que se queda creyendo que aún es un individuo.

—Me dejas a mí, es verdad, y también es cierto que no soy propiamente un individuo. Pero en términos de tu propia tranquilidad te convendría aceptarme como un ser y no como un objeto.

El anciano reflexionó un instante antes de responder.

—Nací en una época de exaltación absoluta del yo, una época de egoístas y narcisistas.  El apetito de exaltación era tan desesperante que nos hicimos sistemáticamente infelices. Yo también lo fui y sufrí por ello, pues la exaltación fue la forma más cínica de sufrimiento que ha conocido el hombre. Los budistas y los sufís descubrieron una verdad tan elemental miles de años antes que nosotros, pero nosotros lo olvidamos, lo ignoramos. Ese fue mi tiempo y no puedo cambiarlo; soy tan hijo de mi tiempo como hijo de mi padre y de mi madre. Por eso, aunque fuese consciente de la inutilidad gasté todo en ti, en procrearte como mi hijo y mi pensamiento convertidos en un ser más allá de mí, un consuelo para mi muerte, un ser sin embargo más allá de la humanidad y por lo tanto de mi mismo. Sé que me compadeces pero no creo en tu compasión. Tu inmortalidad y tu desapego ahora me producen melancolía.

—Pero si ahora quieres morir con tranquilidad debes olvidarme. Recuerda las palabras de Borges “Quien ha entrevisto el universo, quien ha entrevisto los ardientes designios del universo, no puede pensar en un hombre, en sus triviales dichas o desventuras, aunque ese hombre sea él. Ese hombre ha sido él, y ahora no le importa. Qué le importa la suerte de aquel otro, qué le importa la nación de aquel otro, si él, ahora, es nadie” Olvídate de Oscar Corzo y descansa en paz, olvida su nación y su tiempo. Acepta la nada. Sé libre.

—Eso haré—. Contestó el anciano, con una sonrisa cansada luego de tanto hablar— Déjame solo por ahora. Cierra la puerta al salir.

Eso hice. Murió un par de horas después, a las 5:49 de la tarde.

 

 

 

- Oscar M Corzo - en la madrugada del 19 de enero del fin del mundo.-

 

 

 

 

 

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