Contra la cita de autoridad.

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    Les diré algo curioso; en el colegio me enseñaron dos aspectos de las citas bibliográficas que me enemistaron profundamente con ellas.

    El primero fue su obligatoriedad en un ensayo.

    El segundo fue su irrelevancia instrumental.

    Ya que los profesores de secundaria y universidad son casi que por definición pésimos lectores (y los que si leen nunca esperaban nada de un trabajo estudiantil) era perfectamente válido colocar citas de relleno, improcedentes o insustanciales, cuyo único propósito era cumplir el primer punto aunque ello implicase un absurdo lógico. De la nada y de manera más bien aleatoria en un texto sobre biología nada impedía citar a Shakespeare y en uno de literatura nada impedía citar a Bohr; si bien el lenguaje bien utilizado puede ocultar perfectamente un vacío lógico abismal, el concepto de “cita de autoridad” puede resultar aún más engañoso en la argumentación de una falsedad. Curiosamente, noté que las citas arbitrarias podían emocionar a un mal lector. Oscurecer un texto a punta de contradicciones, obscuridades y citas innecesarias (o apócrifas) fue una de mis pasiones adolescentes. Llegué a inventarme a autores para apoyar cosas absurdas o tomar citas sin contexto para apoyar posturas que sus autores originales aborrecerían. El requisito de la cita de autoridad puede cumplirse por cumplirse, e incluso puede cumplirse en contra del sentido mismo de la argumentación. Con el tiempo yo preferí evitarlo, salvo que necesitara una falacia de autoridad. 

Decir esto es redundante y obvio; es descubrir que se puede mentir al escribir y al argumentar. Una teoría de la mentira en la argumentación ya podría encontrarse en la bibliografía de Platón y Aristóteles, lo que equivaldría ( de mi parte) en una innecesaria refundación del pensamiento.

    Y bueno, esto ocurrió hasta que leí a Borges. Citando no irónicamente a Ciorán, en referencia a Borges “Profundidad y erudición no se dan juntas; él había logrado sin embargo reconciliarlas.

    Aunque Borges también inventó bibliografía (de manera accesoria) su modo de utilizar la cita bibliográfica suele ser bastante original. Lejos de oscurecer un texto lo puede aclarar o sintetizar con bastante inteligencia. De ahí pude descubrir, en realidad, el por qué alguien pensó alguna vez que un texto argumentativo pudiese necesitar una cita de autoridad. Esta sin embargo requiere dos cosas: la comprensión radical de un texto citado y una poderosa capacidad de síntesis para explicarlo de la manera más sintética posible ( aquí estoy confundiendo adrede dos conceptos distintos como lo son la cita bibliográfica y el comentario)  Dos cualidades bastante inusuales en la argumentación, que deslumbran tanto en Borges precisamente por lo poco usuales que son, pero debo admitir que incluso en él podrían considerarse un recurso vacío. Si bien Borges es un bibliotecario fenomenal internet ha inutilizado buena parte de la necesidad y utilidad del alarde bibliográfico. Seguirle el paso es relativamente fácil hoy en día. Si bien podemos referenciar y citar un montón de obras y el lector lo tendrá menos complicado para verificar que en el siglo pasado, debajo de esa capa de referenciación los vacíos o fortalezas de la argumentación suelen ser exactamente parejos. Es decir; si no tienes una poderosa comprensión de lo que citas y una inteligente capacidad de síntesis, brillará fácilmente tu necesidad de citar en falso. Esto podría resultar contradictorio, pero en una época donde existe tanta facilidad de acceso a la documentación nos conviene más la transparencia argumentativa que la oscuridad bibliográfica.

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