Sobre la universalidad del espíritu latinoamericano.

 

 En los últimos días he estado escuchando muchísimo Therion, una banda muy importante e influyente en mi juventud. Sospecho que la opinión popular sobre ellos es que han envejecido mal y que su género perdió por completo la popularidad que tuvo al inicio del 2000, pero realmente me ha sorprendido la calidad de dos de sus últimos trabajos “Les Fleurs du mal” del 2012 (con una importante y evidente influencia literaria) y Beloved Antichrist del 2018. En medio de esa relectura musical me encontré con un homenaje que un grupo boliviano De Profundis hizo al Vovin (Uno de mis discos favoritos del 2000) y me impresionó intensamente su calidad.

De hecho, más que calidad, me sorprendió su perfección y lo anodino de su propósito; creo que en realidad si haces un tributo a Therion en Latinoamérica de tal perfección no tienes un mercado al que dirigirte y estás hablándote a ti mismo, creándote una representación donde eres tanto el actor como el receptor. Si el Metal en general está relativamente muerto, ¿Qué puede esperarle a un nicho tan especializado como el Metal sinfónico?  Esto me recordó un ensayo de Cioran que se llama “El último delicado” dedicado a Jorge Luis Borges, que se dedica a elogiar precisamente esa universalidad:

“…Nunca me han atraído los espíritus confinados en una sola forma de cultura. Mi divisa ha sido siempre, y continúa siéndolo, no arraigarse, no pertenecer a ninguna comunidad. Vuelto hacia otros horizontes, he intentado siempre saber qué sucedía en todas partes. A los veinte años, los Balcanes no podían ofrecerme ya nada más. Ese es el drama, pero también la ventaja de haber nacido en un medio “cultural” de segundo orden. Lo extranjero se había convertido en un dios para mí. De ahí esa sed de peregrinar a través de las literaturas y de las filosofías, de devorarlas con un ardor mórbido. Lo que sucede en el Este de Europa debe necesariamente suceder en los países de América Latina, y he observado que sus representantes están infinitamente más informados y son mucho más cultivados que los occidentales, irremediablemente provincianos. Ni en Francia ni en Inglaterra veía a nadie con una curiosidad comparable a la de Borges, una curiosidad llevada hasta la manía, hasta el vicio, y digo vicio porque, en materia de arte y de reflexión, todo lo que no degenere en fervor un poco perverso es superficial, es decir, irreal…”

Escuchando el concierto de De Profundis (Quiero insistir en su religiosa perfección, hoy en día casi inalcanzable hasta para el mismísimo Christofer Johnsson) pensé algo así: solo Latinoamérica puede llevar a este nivel la praxis imitativa. Por eso me fastidia tanto el encasillado criterio del folclor como único paradigma de identidad para el latinoamericano. La cultura también está en la universalidad, y también implica (necesariamente) no romantizar el fatalismo identitario de lo local.  

En la imitación suele vaticinarse un peligro; el ridículo. Si renuncias a tu identidad heredada no tienes más alternativa que crearte una poderosa personalidad universal, como lo hizo precisamente Borges, alimentándote de todas las fuentes posibles que el mundo pueda ofrecerte. Sin embargo hoy en día el término “ciudadano del mundo” está bastante ridiculizado, pero francamente ocurre lo mismo con cualquier intento de construcción de identidad no local, no étnica, lo que en mi opinión disipa por absurda la carga peyorativa. Estamos en una época en donde es castigada cualquier forma de genuina individualidad, pero en medio de ese juego de lo ridículo y lo aceptado algo resulta evidente; muchos creen que si te desligas del discurso local y caes en el ridículo serás una caricatura de la globalización, perderás incluso el derecho a la individualidad y serás un ser alienado y despreciable. Mi convicción es que esta no es una sentencia final pese a todas las prevenciones intelectuales de nuestra época; todas las identidades prestadas son en alguna medida alienantes frente al yo, pues para ser un colectivo siempre debemos renunciar a un importante fragmento de nosotros.

Así que da igual lo que hagas. Siempre habrá alguien que desde alguna orilla te llamará alienado. 

 Llegados a esa conclusión, hay que convertir también a la alienación misma en una forma un arte.