Contra los mártires (parte 1)

                         Depression, Sadness, Autism, Body, Disorder, Emotions

Me gustaría pensar que creo todavía en algún remedio para la política colombiana, pero la verdad es que mi espíritu político está bastante muerto. He ido aceptando que los cambios importantes son demasiado tenues para mi ansiedad, los desastres y las tragedias se acumulan y mi espíritu sobreinformado se empobrece. Uno de los grandes desastres de la humanidad es la colombianización política del mundo, lo que debería darnos señales del desastre absoluto que se avecina. Por ello no sé si Latinoamérica posee alguna esperanza o si la esperanza es una palabra siquiera compatible con la humanidad.  En algún momento debemos reaccionar, pero ese despertar a lo mejor no es lo que el momento inmediato político supone. Desde luego que hay una crisis política llena de símbolos y procesos históricos pero es muy probable que el gran problema latinoamericano no se remedie cambiando engranajes de derecha por otros de izquierda o de centro (o invirtiendo el proceso) pues la enfermedad está incrustada en lo profundo de su herencia institucional. ¿A que llamaríamos entonces su enfermedad? Yo creo que los países existen cuando hay acuerdos mínimos de convivencia política entre sus ciudadanos y uno de esos acuerdos mínimos debería ser el respeto por la vida; y no basta con que esté escrito en un papel, pues realmente debería existir una convicción absoluta alrededor del pacto mínimo de no matarnos. Pero, ¿cómo naturalizar el respeto por la vida en un territorio acostumbrado a la barbarie que ha naturalizado la muerte hasta la locura? Cuando alguien supone que la mejor forma de solucionar sus problemas es matar a otro (y logra salirse con la suya) la institucionalidad termina condenada a la esclerosis.

No creo en Colombia. Creo que ya la he sufrido suficiente. No creo que merezca una sola vida más en sacrificio. Odio a los mártires y odio a quienes quieren martirizarse en nombre de abstracciones tan vacías como la nacionalidad o la religión. En medio de mi escepticismo nihilista radical, al menos sé que estoy radicalmente en contra de las naciones, sus edificios de burócratas parásitos y sus nacionalismos primarios para la carne de cañón. 

Lo cierto es que ninguna nación que irrespete la vida merece prevalecer.

A veces en mis momentos de peor pesimismo creo que nuestra única salida es tocar fondo y en mis momentos optimistas creo que hace mucho estamos en el abismo y solo nos queda subir. Lo cierto es que Colombia carece de una real convicción política. Íntimamente una mayoría de ciudadanos supone que los problemas se solucionarán matando a la otra mitad de la población que no piensan igual a él. Las “venganzas aplazadas” (este es quizás el mayor aporte conceptual uribista) crean un clima político insostenible y por eso la paz debería ser un concepto mínimo, la primera institución, la piedra angular de una nacionalidad. Sin esa primera regla todos los Estados no son más que burocracia y papel. 

Especialmente en el caso de Colombia la paz y la vida deberían ser los primeros ladrillos inamovibles; sin ellos no es posible construir ninguna otra estructura política. Si otros quieren colocar un ladrillo llamado propiedad, primero deben aceptar a la paz y la vida como conceptos fundamentales de lo que se llamará un país. Ciertamente que la propiedad surja del asesinato contamina la propiedad y destruye la paz. Si otros quieren libertad deben respetar la vida, la paz y la propiedad de otros. Y así, etcétera hasta construir alguna cosa llamada institución. Todo lo demás me parece falsedad.

La infancia latinoamericana lleva siglos atorada en la praxis imitativa (con la suposición de que imitando practicas funcionales en otros lugares puede superar sus problemas) hasta ahora no ha podido verse al espejo. Es una adolescente anhelando parecerse a las modelos de la televisión.

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