El cristianismo semiológico.

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Hace algunos años se me cruzó la obra principal del protonazi latinoamericano Miguel Serrano “Hitler, el último Avatar” editado por ediciones Solar (editorial curiosamente colombiana) Fue una lectura sorprendente en muchos sentidos pues me permitió entender dos ideas que suelen serle tan irritantes a la gente por lo contradictorias que parecen juntas: “Nazi latinoamericano”. Serrano es el camino para entender la racionalidad detrás de esta contradicción, pero a su vez también me ayudó a tener mi propia interpretación (soy un profano en la materia y a lo mejor digo una herejía) del germen del nazismo en la filosofía de Heidegger.  

En esta interpretación propia también tiene protagonismo del libro La condición humana” donde Hannah Arendt hace una distinción tajante entre la vida contemplativa y la vida activa, declarándose una teórica política antes que filosofa. Para Arendt la vida contemplativa es el camino natural de la filosofía occidental, un camino de resistencia a la mortalidad humana a través de la contemplación de las ideas eternas en contraposición a la vida política (la vida activa) que aisló a la filosofía a una metafísica supraterrenal, sin interacción con la sociedad y que a su vez pretende como una suerte de “denigración” toda interacción del filósofo con el mundo cotidiano. 

Esta mistificación de la apatía embarga profundamente el mundo intelectual y político. No sólo crea burócratas representativos incapaces de cualquier habilidad política real obsesionados con sus convicciones, también genera votantes fanatizados sin ninguna capacidad de contraste. Aquí llegamos entonces a dos ideas ambivalentes; por un lado la pureza ideológica y por el otro el miedo a la muerte. ¿No es lo convencional que huyamos a Platón cuando nos embarga el miedo a morir? Aquí solo nos dedicaremos al miedo a la muerte, pues en realidad la metafísica y la teología son una gran arquitectura mental cuya única función es alejarnos del miedo a nuestra desaparición. Esta suerte de anestésico intelectual es lo que emparenta a la filosofía y la religión. 

El temor a la muerte a nivel simbólico es misteriosamente multifacético, pues como entidad nos sirve incluso para impulsarnos a morir. Al morir por algo trasferimos nuestra carga simbólica a otro ente que creemos superior a nosotros, sea la humanidad o la patria o en el peor de los casos algún clan de monto inferior. Fue Hegel quien implantó la dialéctica de la imagen en lo que a futuro se conocería como psicología analítica, pero esta misma idea también fue germen de la dialéctica de cosificación de Sartre y el feminismo contemporáneo 

Dice al respecto Alexandre Kojève: ¿Qué son la tesis y la antítesis, sino dos cargas simbólicas pugnado una por el deseo de la otra? Recordemos la lucha entre las dos conciencias (el amo y el esclavo) por obtener el reconocimiento y la legitimidad de una por parte de la otra. Y el importantísimo elemento de la insatisfacción posterior del dominante, consecuencia de ser reconocido y legitimado por un no-humano, estado derivado de la condición de esclavo. 

Lo simbólico nos hace enemigos porque en lo simbólico hay elementos prerracionales (biológicos) que están profundamente incrustados en nuestro comportamiento social. El macho alfa de una manada no es una decisión política pero aún reaccionamos a su injerencia. Tomamos la idea de las cargas simbólicas como una forma de comunicación subliminal, una supraestructura social donde los individuos son más que ellos mismos y se transforman para sus iguales en símbolos significantes, símbolos que podemos trasferir a otros o que otros pueden atribuirnos. Con su oscuridad intelectual habitual, Jung llamó a esta carga simbólica arquetipo; entes que nos sobreviven, representaciones que nos cobijan pero que sobrevivirán a nosotros en la conciencia colectiva. El líder es un arquetipo como también lo es el demonio; todo lo que representa utilidad en la supervivencia tribal puede ubicarse fácilmente como un símbolo vital, un arquetipo en las sociedades humanas. Si nos sacrificamos por otros seremos héroes, pero la heroicidad no nos pertenece; es un ropaje, una carga simbólica que compartimos con aquellos cuyos valores son útiles a la sociedad. El heroísmo de hecho nos lleva a una de las contradicciones más extraordinarias; para ser inmortal como símbolo, el héroe antes debe mostrar un desinterés absoluto por su individualidad. Sacrifica el yo en favor del nosotros. Ello porque el heroísmo va más allá del determinismo darwinista; no se trata solo de morir por mis descendientes y salvaguardar mi genética, sino también de exaltar mis valores para que sobrevivan en el tiempo. 

En el hitlerismo esotérico fundado por Serrano existe una mistificación del sacrificio a través del heroísmo entendido como una forma de inmortalidad, pero esta pulsión no es exclusiva del nazismo y se encuentra en occidente en muchas formas, siendo el cristianismo su conducto más natural. Para Serrano el sacrificio y el holocausto no solo estaban presentes en el asesinato sistemático de millones de judíos, sino también en el comportamiento suicida e irracional de los mismos alemanes. Pero de hecho esta concepción no es exclusiva de los nazis y está presente en todos los soldados; en su interior todos consideran su papel heroico y su sacrificio como parte de una superestructura simbólica que los predispone a la muerte. El héroe es una entidad trágica destinada a morir. Su masculinidad y su valentía son formas cómodas de demarcar su fatalidad y su insignificancia; en la visión pragmática el sacrificio de un soldado solo es una estadística, pero el soldado no lo sabe o no lo considera incluso si lo sabe. Es muy fácil que trasfiramos esta idea entre otros discursos ideológicos; es fácil pasar del cristianismo el nazismo y remplazar el cielo por el Valhala. Hablamos de discursos culturales que no se contraponen, aunque excluyentes en su universalidad son oscuramente complementarios. Todos en cierta medida deseamos la inmolación y el sacrificio por otros como método para autoafirmarnos como símbolos que trasciendan nuestras muertes. Toda nuestra cultura mistifica la salvación y la muerte del héroe, sacrificio que en realidad es una pulsión cultural dirigida al arquetipo masculino. Este tema es curioso, pues de él parte mi disentimiento con el feminismo; creo que no existe un patriarcado opresor contra lo femenino sino una instrumentalización del género por parte de toda estructura social, y así como la carga del cuidado y la maternidad han caído generalmente sobre los hombros femeninos también la muerte y el sacrificio cayeron sobre hombros masculinos. En este sistema no hay seres privilegiados sino una distribución de cargas y de funciones que basada en lo definido como natural se ha defendido por medios violentos. En este sistema son igual de parias el soldado desertor y la mujer que se rehúsa a la maternidad o a la cosificación del idilio romántico. Si no funcionamos para el orden social simplemente somos excluidos o asesinados.  

Hoy nos rehusamos al concepto de cosificación sartriana, que no se enfoca por tanto en cómo nos ven los otros (pues siempre seremos objetos para los otros) sino en qué función libidinal cumplimos en la sociedad. Realmente no podemos huir de la instrumentalización social y si descontinuamos los conceptos de hombre y mujer es porque hoy son relativamente indiferentes para el orden social. Nuestros roles ahora se enfatizan en nuestra profesión, en nuestro rol en el mercado de las ideas. Somos médicos, profesores, abogados, peluqueros, cocineros o cineastas; en esta diferenciación nuestro género termina siendo algo secundario.   

En el pasado no era así y del hombre se esperaba un sacrificio. Por eso creo que el nazismo en Heidegger está incrustado en su idea del Dasein. El ser-ahí, el ser para la muerte es la cúspide del culto a las ideas eternas, una idea perfectamente válida para el nazismo y acorde a su cosmovisión, pero lo interesante es que también para el cristianismo y buena parte de las ideologías o religiones actuales. El ser masculino está llamado al sacrificio, a la inmolación, al suicidio religioso; sólo así una idea trágica como el dasein es aceptable psicológicamente. El cristiano, el hitlerista y el musulmán existen conceptualmente para morir.  

Como ya dije antes, estos términos en realidad son universalistas en su pretensión, pero excluyentes entre sí. Fue Arendt quien notó que no podría aceptarse a misma como heredera del Dasein y prefirió invertir este peso ontológico, rechazando en ello toda la herencia filosófica occidental representada en su maestro. Al declararse pensadora política, parte de la vida activa, asesina al Dasein y crea a través de una actividad racional para la sociedad, un “ser para la vida”  inverso a la tradición que representaba su maestro. 

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