La anécdota del posible engaño (cuento)


  Robot, Muñeca, Android, Lindo, Ahorcado, Juguete

 

 

    Lo más desconcertante de haber conocido al señor Alfonso García fue que en apariencia, parecía un hombre sensato. No tenía la indumentaria arrogante de todo buen charlatán, ni la jactanciosa apariencia de aquellos que se creen elegidos por dios, no; él era otra cosa. Más bien parecía perturbado con lo que decía, como si él fuese el primero en arrojar una duda razonable sobre sus palabras. Accedió a todas las condiciones para el experimento. Fue amable y gentil ante los comentarios ofensivos de los abogados. Firmó con pulcritud todos y cada uno de los documentos, y más bien entabló distancia con cualquier tipo de protagonismo mediático. Según nos contó, trabajaba como vendedor en un pueblo cercano a la capital. No tenía hijos y había enviudado hace pocos años. No aceptó entrevistas de los medios de comunicación y se alojó en un hotel modesto junto al centro de estudios de la universidad. Si bien estaba interesado en el dinero, dijo estar más interesado en una explicación lógica de lo que padecía. Si, el suyo era un padecimiento, no un don, nos lo dijo varias ocasiones. Eso lo dejó claro desde el día en que lo entrevisté. Sus ojos claros me observaron con algo de miedo, con algo tan parecido a la consternación que casi parecía paranoia. De inmediato sacó de su chaqueta gris una cinta de video. Lo vimos en el laboratorio repetidas ocasiones en el estudio del caso. Naturalmente no dimos crédito a lo que observábamos.

    Así que lo citamos a primera hora al día siguiente. Cuando lo vi por primera vez pensé que aunque en él ya había algo de misterioso, sus rasgos lo hacían pasar fácilmente desapercibido; era un hombre increíblemente promedio. Físicamente ordinario, visualmente poco atractivo, amargo en sus expresiones y sin embargo, vidente. ¿De qué? Del azar. Su efectividad era de un cien por ciento bajo cualquier parámetro del laboratorio. Incluso cerraba los ojos para elegir. No otorgaba ningún tipo de mantra, sólo atinaba cada vez que pretendía adivinar. Mientras lo hacía sus facciones ordinarias se convertían en otra cosa mucho más etérea, menos ridícula. Porque él en sí era una marioneta risible como suelen ser los hombres de su edad, pero al cerrar los ojos, al decidir entre las probabilidades que en el estudio poníamos frente a él, parecía tan reacio, tan arduo, tan decidido como cualquier hombre experimentado haciendo su oficio.

    Frente a todas las pruebas, frente a cada uno de nuestros intentos por demostrar la imposibilidad de su proeza, salió victorioso. Llevamos el caso a la comunidad científica, a todos los escépticos que uno a uno fueron dejando paso a García, desconcertados, incapaces de encontrar una explicación lógica o razonable. Fue durante varias semanas un fenómeno en la televisión, cosa que parecía contraria a lo que deseaba en realidad. García lucía malhumorado y escurridizo. Su timidez nos desconcertaba. En un principio creí que aquella preocupación era más cercana al temor de que su artimaña fuese descubierta. Pero no. Era algo más profundo, algo más parecido al desconsuelo.

    Aquella anécdota fue dentro del nuestro gremio escéptico la primera y más grande derrota. Nos armamos de un montón de teorías a su alrededor, pero ninguna fue lo suficientemente convincente. Algo extraño sucedía. Era realmente un adivino. Teníamos hechos cuantitativos que demostraban un poder sobrenatural en la mente de García, pero ¿qué dirección tomar ¿ qué significaba todo aquello? Las preguntas a García eran más bien inútiles. Él no tenía ni idea del porqué hacía lo que hacía. O al menos eso nos decía, porque alguna vez sentí que algo ocultaba. Yo no me equivocaba. Desgraciadamente, todo lo acontecido terminó en una horrorosa tragedia.

    Pasado el tiempo requerido para las investigaciones lo invité a cenar. Era evidente que se ganaría el premio del famoso escéptico Antonio Moral, que aseguró hace más de diez años, daría un millón de dólares a quien demostrara un fenómenos verdaderamente paranormal. Él era el único en la historia del premio que había cruzado todas las barreras y había desconcertado—más no respondido—todas las preguntas. Aquella noche no parecía satisfecho. Más bien lucía terriblemente desconcertado. Conversamos realmente poco entre la comida y evitó el licor con algo de desagrado. Tras su poco apetito parecía padecer de una angustiante e inútil preocupación. Quise interrogarle pero él evadió todas mis palabras. Parecía dispuesto a confiarme algo, pero no parecía aún satisfecho con sus propias conclusiones.

—Tengo que confesarle algo— me dijo ya terminada la comida, observándome a los ojos a través de sus pesados lentes gruesos. Sudaba. Parecía a punto de desmayarse.

    No le respondí. Esperé a que hablara y se lo di a entender, a través de un gesto.

—He mentido. He mentido todo el tiempo—susurró, antes de palidecer.

    Le observé con atención. Quise verle a los ojos, fingir ser comprensivo. Ofrecerle confianza para sus confidencias, pues al parecer era lo que buscaba en mí. Confidencias, una suerte de amigo ocasional, eso me conmovió en algo, pero la verdad es que se equivocaba. Al día siguiente recibiría de mi organización un millón de dólares, ¿ignoraba que yo era uno de los jueces? No lo sé. Fui en lo posible amistoso con él. Esa suele ser mi función. Cuando se presentó ante mi oficina para la primera entrevista, procuré granjear la idea de intimidad y camaradería. Eso suele dar confianza a los farsantes. Eso ocurrió también con García. De inmediato supe lo anormal de su presencia, de su historia, de su propia personalidad.

    Su rostro palideció. Su frente susurraba.

—Soy un farsante—susurró—soy un farsante. Alguien me da todas las respuestas. Las susurra a mi oído. Es mi esposa. El fantasma de mi esposa. 

 

        Terminadas esas palabras empezó a llorar y a temblar. Yo sentí un escalofrío.

—No se preocupe, explíqueme mejor, ¿le parece?… recuerde que mañana recibirá el premio—Yo no alcanzaba a descubrir a que temía ¿era sincero? ¿De verdad creía que un fantasma le daba las respuestas a sus preguntas?

        Mientras le hablaba me preguntaba ¿Alguien lo había usado para llegar al millón de dólares? Se lo pregunté pero él evito responderme de manera directa. Decía que era su esposa. Lo explicaba todo de esa manera. Estaba asustado, paranoico, y quizás para tranquilizar sus nervios me pidió que saliésemos. No podía caminar con tranquilidad, y parecía a punto de desbaratarse caminando. Tomamos la vía norte hacia el lado nocturno de la ciudad. La ciudad estaba fría y desierta, el tráfico era ocasional, nuestros pasos eran tercos y rápidos, con ecos distantes que alteraron mis nervios. No vi un sólo vagabundo—cosa extraña en el sector—al parecer García se dirigía hacia el oriente de la zona universitaria, un sector de bares y bebederos de mala muerte. Quise detenerlo, pero el caminaba alterado, asustado, casi loco.

        Entramos a un modesto y ruidoso bar. Allí por primera vez pidió una copa. Entonces, refugiado en el ruido, se acercó a mi oído. Temblaba.

—Le diré quién me ha manipulado, desde hace ya 12 años. Necesito su ayuda. De verdad, ustedes son los únicos que pueden ayudarme….

Pero no pudo terminar la frase. Algo se apretujó en su cuello. Se asfixiaba. De hecho, sucedía algo más que eso. Durante dos minutos su cuerpo entero se levantó del suelo, agarrado seguramente (pensé) por unas manos invisibles que apretaban su cuello. García era incapaz de gritar, sólo tenía sus manos rodeándose, tratando de lastimar a su agresor, aleteando, desesperado. Yo no supe qué hacer. El ruido a nuestro alrededor era de verdad ensordecedor. Había numerosas parejas bailando pero poco a poco guardaron silencio y se apartaron desconcertados, tomando una distancia saludable de aquel obeso hombre que levitaba, que moría frente a nuestros ojos. Nadie fue capaz de tocarle o salir de allí. García me veía con unos ojos angustiosos que me pedían auxilio en silencio. Busqué a su alrededor. No había nada. No había un cuerpo invisible. Él solo estaba ahí, paralizado, flotando y ahogándose, en medio del ruido del bar, en medio de la noche, en medio de su solitaria vida de secretos y delirios.

    Murió al cabo de algunos minutos. Solo hasta que estuvo verdaderamente muerto las manos invisibles le dejaron caer.

Posdata:  Al día siguiente la policía encontró un hilo de acero inoxidable sobre su cabeza. El hilo  para muchos fue la explicación práctica sobre su asesinato, pero yo no sentí nada sobre su cabeza cuando se ahogaba ni cuando lo vi caer. Nuestra agencia fue sospechosa durante un par de días hasta que un video de seguridad del bar demostró que había sido el propio García quien había colocado el hilo. Lo había hecho en la mañana. Naturalmente, el incidente tuvo durante años el sabor amargo de una conspiración, y como apoyo a semejante idea estaba el millón de dólares que terminaron sin dueño. La universidad decidió cerrar el concurso. La especulación y la opinión pública nos destrozaron.

    Investigando, luego de unos años, el pasado alrededor de García, descubrí algunos datos interesantes. Era un fanático religioso, al igual que su esposa. Perteneció a numerosas sociedades teosóficas y místicas que abandonó tras la enfermedad que le quitó a su esposa. Como mi declaración se hizo pública (y yo no tuve más alternativa que decir estrictamente la verdad) numerosos místicos y religiosos aseguran que fue castigado por algún ente - demonio que le ayudaba a resolver los acertijos.

    ¿En verdad García se comunicaba con los demonios, con los muertos o los ángeles? ¿O descubrió un método para el engaño que no supimos descifrar?

    Hoy creo que simplemente quería darnos una lección. Creía realmente en lo que creía, tanto que llegó a engañarse a él mismo, y con algo que aún no logramos definir, logró engañarnos a nosotros.

El tiempo le dejó, en definitiva, el saludable título de “posible engaño”.

 

Oscar M Corzo - Junio del 2011.

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