Escenas de la memoria I

 Sarcófago, Talla, Británico, Inglés, Iglesia De Espanol

Es el año 2002; tengo dieciséis años. Mi abuelo supera los sesenta y cinco y lleva ya unos diez años sufriendo constantemente del corazón, así que al menos dos veces al mes terminamos pasando una o dos noches en el hospital.  Apenas y estoy saliendo de la cúspide de mi rebeldía adolescente; mi abuelo y yo nos llevamos mal, pero cuando se enferma soy el primero en enlistarme para asistirlo (quizás porque nuestras fuertes discusiones me producen muchísima culpa y esa es mi forma de enmendar los daños que produzco) Tengo la imagen de amanecer en urgencias acompañándolo una buena cantidad de veces, o de quedarme a su lado turnándome con mis tías y mis hermanos.

(Este texto tiene un único propósito; hay un recuerdo de aquellas noches de hospital que me aterró durante varios meses, pero la imagen está en mi mente y ni siquiera sé cómo explicarla. En el hospital de Pitalito de aquel entonces medicina legal era una puerta junto a la de urgencias. A veces mientras acompañaba a mi abuelo me desesperaba y salía por algunos minutos a tomar aire. Durante una noche de vigilia, podría salir entre tres o cuatro veces durante cinco o diez minutos. Aprovechaba los momentos mientras mi abuelo dormía, o mientras los médicos estaban asistiéndolo)

Estoy afuera de urgencias tomándome un tinto (sé que es julio del 2002 porque he buscado la noticia) A media noche llega un camión del ejército y arroja un cargamento de cadáveres humanos como si fuesen cerdos.  Fue cosa de cinco o diez minutos, pero tengo la sensación de que llegaron y cayeron como una carga de escombros. De hecho, la palidez de los cuerpos me recordó a los cerdos cuando están listos para ser despedazados y distribuidos en los supermercados. Tengo clavada la imagen de aquellos cuerpos pálidos, infantiles y de ojos secos como los de un pescado. Muchos eran menores de edad. Recuerdo una chica, de rostro campesino y cabello grisáceo cuyo rostro quedó en dirección hacia donde estaba yo, como mirándome sin ver. Al recordar tengo que preguntarme, ¿lo soñé?  ¿Realmente ocurrió? Y la sensación de irrealidad, de alucinación me hace sentir escalofríos. La gente a mi alrededor estaba satisfecha con lo que veía, pero murmuraba en voz baja algo que mal podría llamar respeto pero que seguramente era turbación. Eran muchos cadáveres, tantos que parecían una masa amorfa llena de brazos, senos, ojos, piernas y rostros.  

 Lo que ocurrió terminaron contándomelo en el colegio. Los chicos habían escuchado que eran guerrilleros de las FARC que intentaron tomarse Oporapa, un municipio del Huila relativamente cercano a Pitalito la noche anterior. Alguien sin embargo había advertido de la toma al ejército, así que los emboscaron con bastante facilidad. Además, parecía ser que aquellos guerrilleros recién llegaban a la zona y no conocían el terreno, y por lo tanto fueron presa fácil cuando intentaron escapar. Un mes atrás ese mismo grupo guerrillero había atacado al puesto de policía de Acevedo, asesinando a 15 policías con armas no convencionales. Eso había dejado una necesidad de venganza tanto en el ejército como en los pobladores.

Y puede decirse que el ejército cumplió con las expectativas; se dice que aquella noche asesinaron a doscientos guerrilleros. En aquellos días se aceptaba como normales las bajas infantiles entre los insurgentes. Los chicos contaban entre risas en el colegio que en la desesperación por escapar los guerrilleros trataron de meterse en alcantarillas, pero los soldados llegaron allí y les arrojaron granadas. Supongo que esa imagen es una exageración infantil, o a lo mejor popular, pero lo cierto es que muchos de aquellos cuerpos estaban despedazados.

¿Eran culpables aquellos chicos? Yo conocía y temía entonces el reclutamiento forzado. Un leve incidente, una leve probabilidad nos apartaba entonces de la muerte, y a mí eso me bastaba para sentir que todos estábamos enloqueciendo. Todo porque yo no podía ver ninguna diferencia entre los vencedores y los vencidos.

En aquel entonces la vida humana no valía nada.

La sensación de muerte que tuve fue tan intensa que corrí a esconderme junto a mi abuelo, junto a su espíritu protector.

—Siempre ha pasado y siempre pasará—me dijo, cuando le conté lo que vi—hoy soy guerrilleros, mañana soldados, y pasado mañana algún desprevenido que pasaba por allí. Si uno piensa en eso no puede vivir. Lo mejor es no pensar en eso y confiar en Dios.

Su forma de pensar no tenía esperanza, pero tampoco refutación. Yo me limité a quedarme a su lado y dejarlo dormir.

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