Sobre la mente.



A veces quisiera pensar en la mente como una máquina sofisticada y otras veces como un trozo de arcilla.

Hace poco una serie llamada Freud hizo una bonita metáfora.

Hay una casa dentro de mi,  y está en completa oscuridad. Mi conciencia es una luz solitaria, una vela que parpadea por la brisa, a veces aquí y otras allá. Todo más allá de la vela está a la sombra, todo lo demás está en el subconsciente, que son las demás habitaciones. Nichos, pasillos, escaleras, puertas, todo el tiempo y todo lo que vive en ellos, todo lo que camina junto a ellos está ahí, funciona y vive en está casa que soy yo mismo”.

Pero cuando pienso en mi mente como una casa la veo en absoluta oscuridad. Solo que a veces, con un poco de penumbra, me es posible ver las siluetas, los contornos y las habitaciones.

Incluso es menos sofisticada y más limitada de lo que creí alguna vez. No tiene cincuenta habitaciones (probablemente sean pocas y no lleguen a la decena) pero es todo lo que tengo y yo tiendo a resignarme con facilidad.

Durante algún tiempo tuve dos habitaciones que traté de cerrar con toda mi voluntad. Pero tras perder el miedo, creo que ahuyenté a los demonios que allí habitaban; ahora siento nostalgia por aquellos lugares insondables y aterradores, por aquel temor a mi mismo y por lo que significaban aquellos espacios que yo mismo quería ocultarme.

Sin embargo sé que los demonios siguen vivos en algún otro rincón de la casa. Procuramos vivir sin entrometernos unos con otros, siendo funcionales al menos en lo aparente.

Soy desagradablemente dualista. Digo desagradable porque sé muy bien que es una posición un tanto anacrónica sobre la individualidad. Apenas y puedo aceptar que la mente y el cuerpo sean una misma cosa. Al verme al espejo, apenas y puedo aceptar que aquello que creo ser se encuentra encapsulado en aquello que ven mis ojos en el espejo.

Es extraño, ¿Verdad? A veces creo ser simplemente un avatar de mis vacíos.

Empiezo a acostumbrarme a la idea de que ya conozco la casa en su totalidad. Después de todo es todo lo que poseo y todo lo que me pertenece, y en mi vida no he hecho más que deambular dentro de mí mismo.

Las metáforas de la mente cambian a la par de los paradigmas humanos. La metáfora de la mente como una casa es preciosa por su naturaleza arquitectónica. Hoy en día frecuentamos la idea de ver al cerebro como un computador, como un procesador o como un sistema electrónico. Quien quiera entender esa metáfora en quinientos años a lo mejor tendrá que ver nuestra tecnología y sus limitaciones, entendiendo con dificultad aquello que representa para nosotros.

La mente como una máquina es una metáfora de la era industrial porque se limita a pensar en aquello que la mente procesa y produce; la metáfora de la serie Freud en cambio busca dejar claro aquellos espacios que desconocemos de nosotros mismos. La mente computador es demasiado profiláctica. No hay sótanos oscuros en la mente computador, ni suciedad, ni rincones polvorientos.

Claro que hay un montón de arquitectura simbólica, código y código fluyendo tras aquello que vemos en una interfaz gráfica. Pero la representación de lo oscuro y hostil me parece pobre.

En cambio la mente arcilla es toda suciedad, particularidad, indeterminación. Una forma maleable que incluso resulta inocente en su inconstancia. La mente arcilla no llega a ser cerámica hasta morir. Viva es cambiante, inconstante y un tanto indestructible. Muerta adopta una forma definitiva y por fin sabes exactamente lo que es en realidad. Sin embargo su fragilidad es lamentable. Basta un empujón para pulverizarla.