Sobre la imposibilidad del lenguaje inclusivo.


Acabo de leer una respuesta oficial de la RAE sobre el porqué el género femenino es invisibilizado en la gramática y tengo aún en mente la respuesta que Vargas Llosa le dio a un periodista americano sobre el lenguaje incluyente. Para mí, como curioso e ignorante, ambas respuestas me resultan insuficientes. Siento que pecan por arrogancia y explican muy poco del por qué el masculino es un genérico neutro en nuestro idioma. Ello contribuye a la paranoia postmoderna de juzgar las normas gramaticales como un “ejercicio de poder heteropatriarcal” y todas las decoraciones ideológicas que vendrían a posteriori para reforzar los delirios anticomunicativos de nuestro tiempo.

Soy terriblemente escéptico ante el poder en el lenguaje. Pero ello no implica que Estados y estructuras políticas no utilizaran el lenguaje en el pasado como método de censura de ideas e individualidades. Sin embargo, de aquellos intentos solo nos queda el registro de su fracaso; es por eso mismo que tengo la certeza de que todo intento moderno de neolengua está condenado a desaparecer.

Un bonito ejemplo al respecto está en el principio de Contra la censura, de Coetzee, que nos cuenta una interesante anécdota sobre el lenguaje y el poder

A principios de la década de 1990, en el discurso público sudafricano se produjo un cambio revelador. Los blancos, que durante siglos habían sido afablemente insensibles a lo que los negros pensaran de ellos o a cómo los llamaran, empezaron a reaccionar con susceptibilidad e incluso con indignación ante la denominación "colono". Una de las consignas de guerra del Congreso Panafricanista tocó una fibra particularmente sensible: "UN COLONO, UNA BALA". Los blancos señalaban la amenaza a sus vidas que contenía la palabra "bala", pero, según creo, era "colono" lo que suscitaba una perturbación más profunda. Los colonos en el lenguaje de la Sudáfrica blanca, son los británicos que recibieron concesiones de tierras en Kenia y las Rodesias, personas que se negaron a echar raíces en África, que enviaban a sus hijos a formarse en el extranjero y que hablaban de Gran Bretaña como "la patria". Cuando entraron en acción los Mau Mau, los colonos huyeron. Para los sudafricanos, tanto blancos como negros, un colono es alguien que está de paso, diga lo que diga el diccionario.

Cuando los europeos llegaron al sur de África, se llamaron a sí mismos "cristianos", y a los "indígenas" "salvajes" o "paganos". Posteriormente, la díada "cristiano/pagano" se transformó y fue adoptando una serie de formas, entre ellas "civilizado/primitivo", "europeo/nativo" y "blanco/no blanco". No obstante, en todos los casos, y fueran cuales fuesen los términos nominalmente opuestos, había un rasgo constante: era siempre la persona cristiana (o blanca, o europea, o civilizada) quien tenía el poder de aplicar los nombres, tanto el suyo propio como el del otro.

 

Por supuesto, los paganos, los no blancos, los nativos, los primitivos, tenían sus propios nombres para los otros, los cristianos/europeos/blancos/civilizados. Sin embargo, en la medida en que quienes realizaban aquella contradenominación no lo hacían desde una posición de poder, una posición de autoridad, los nombres que aplicaban no contaban. Sin embargo, a partir de mediados de la década de 1980, a medida que su autoridad política iba disminuyendo, menguó le poder de quienes se llamaban a sí mismos blancos para poner nombres y hacer que persistieran, pero también -lo cual es más revelador- para persistir u obviar la denominación.

 

¿Fue el lenguaje, o fue el poder el primero que cambió? Sin un cambio en el poder, todo cambio en el lenguaje es anecdótico. Las palabras reaccionan al poder, pero no lo producen por sí mismas (o no desde la dimensión política que se le asume) Pareciera que a veces se confunde a los discursos con la gramática, cosas bien distintas y pertenecientes a dimensiones no tan cercanas como imaginan los profanos del lenguaje.  Afectar las estructuras de poder desde el nicho de la academia es como intentar hacer lluvia empezando por los charcos. Cuando se posee poder la denominación del dominado no importa; es la pérdida de poder real la que hace significativa una trasformación en el lenguaje. Es la imposibilidad de prohibir, la imposibilidad de legislar contra una palabra acompañada del declive del poder lo que permite cualquier simulacro de emancipación.

 

Pero en fin; concedamos ese punto al consenso de las ciencias sociales. Yo no pondría en tela de juicio la existencia del machismo y de una diferenciación social desventajosa para las mujeres. Sin embargo no creo que el lenguaje sea uno de los medios de ese poder de la tradición (poder que en los delirios de internet se denomina “fascismo idiomático” o peor aún, “convención”) Sin duda las tradiciones son naturalmente opresivas (cuando se decidieron como convenciones, ni nosotros ni nuestros padres probablemente existían) pero una tradición que intenta crear un consenso comunicativo tiene poco de discutible, salvo que queramos trasformar todo símbolo y todo morfema en una forma de opresión.

Hace poco terminé un curso básico de griego y de él saqué un interés sobre la evolución del género gramatical. Creo que las modas del “elle” y el “ellx” ignoran que más que una trasformación cosmética lo que pretenden es reintroducir en el idioma un tercer género que era usual en el griego y en el latín pero que fue perdiéndose en el castellano con el paso de los siglos. Cristóbal de Villajón decía en 1558 que en la lengua castellana hay tres géneros; el masculino, el femenino y el común de los dos (una forma curiosa de denominar al neutro) que heredaba esta definición del gramático griego Dionisio de Tracia, que nos hablaba de cinco géneros: masculino, femenino, neutro, común y epiceno.

La economía del lenguaje (creo que el cenit de la discusión política está en su arbitrariedad) hace que tres de estos géneros se pierdan. El Epiceno, por ejemplo, pasó a la gramática contemporánea como una forma del sustantivo, mientras que casi todas las lenguas romances pasaron los elementos del neutro al masculino. El género inicialmente respondía a una denominación de sexo (en la gramática natural) pero poco a poco fue haciéndose más una abstracción gramatical, cuyas decisiones sobre el género obedecieron más a las normas del habla que a las de la biopolítica. No hay un ejercicio de poder en sustantivos de diferente género como pared, árbol, planta o puerta. La academia ha definido el género como una arbitrariedad de la convención y ello, que pareciera ser la puerta para un debate político, en realidad demarca su imposibilidad.

Hay todo de discutible y a la vez nada de discutible en que el género sea una arbitrariedad lingüística. Como hija de la cultura, es natural que la lengua herede sus vicios y arbitrariedades. Sin embargo, que la gramática tenga una absoluta necesidad de convención la hace conservadora; que exista un lenguaje estándar hace posible que el analfabeta y el gramático puedan entenderse en un mismo idioma, y el estándar es esencial para que esta comunicación sea posible. Por ello han fracasado los intentos de control político directo sobre el idioma, porque la costumbre sobre el habla pesa más que cualquier intento de control político.

La gran dificultad de politizar las discusiones lingüísticas es que el género se aplica a un sinnúmero de sustantivos que pueden carecer perfectamente de características sexuales y que obedecen más a su relación sintáctica que a su significancia sexual o política. Sustantivos como nación, comunidad, personas son neutros o femeninos sin relación a que sus partes o aplicaciones sean de un solo sexo. De hecho, si acudiéramos a este sentido de la concordancia, la discusión se tornaría más ridícula; no veo a ningún hombre sintiendo su masculinidad en peligro al encontrarse en una ciudad o una villa pese a que estas sean palabras femeninas que incluyen a un grupo de individuos de género indeterminado.

Como arbitrariedad del idioma, el género gramatical es incapaz de aplicarse para explicar realidades políticamente universales como el machismo. El Persa moderno solo tiene dos géneros (el animado y el inanimado) y ello no hace a sus territorios de hablantes libres de machismo. Tanto peor; priman allí otro tipo de convenciones religiosas y políticas que nos devuelven a la realidad; sin poder real, el poder lingüístico es una ficción. El idioma es un asunto mínimo de esa realidad y no solo existe para el presente y sus debates de poder; nos comunica con el pasado, nos hace comprensibles sus relatos, sus dilemas y sus defectos, y hace que seamos comprensibles con nuestros dilemas y contrariedades para el futuro.

Los lingüistas deben ser instintivamente conservadores. Los artistas deben ser naturalmente liberales. Ello porque el uso coloquial nace más fácilmente del arte que de las legislaciones de los académicos o de los políticos. En realidad, ni los políticos, ni los sociólogos o los economistas tienen mucho que discutir sobre el idioma. El uso artístico de una palabra y el uso constante de una idea en el arte si puede transformarse en uso común; no así una legislación, un panfleto o un decreto local. Que una gran novela, un gran poema que cale en la sociedad use el lenguaje inclusivo tendría más significado para la evolución del idioma que cientos de acusaciones de machismo contra los hablantes.