Internet contra J.K Rowling




Hace algún tiempo publiqué en el blog mi temor sobre una dictadura de la bondad (mi reflexión fue algo superficial y surgió un poco antes que la moda de lo políticamente correcto empezara su furor) en mi texto decía que el internet desarrollaba un mundo hipervigilado donde no era posible ser malo, ni equivocarse. Todos, so pena de ser duramente juzgados socialmente, debíamos ajustarnos a una moral general cada vez más restrictiva. La verdad es que la sociedad siempre ha esperado que seamos buenos y ha tenido todas sus estructuras de poder en servicio de ese propósito. Para que la sociedad funcione, siempre ha sido necesaria nuestra cooperación y en cierto sentido, nuestra docilidad. Con una excepción; en la construcción moderna de los Estados se contemplaba la privacidad como aquel espacio en donde el Estado no tenía derecho a intervenir; debíamos ser buenos ciudadanos, dóciles y demócratas de puertas para afuera pero en nuestra privacidad teníamos derecho a no ser aquello que la sociedad esperaba de nosotros. Nuestra sexualidad, nuestras confesiones, nuestros defectos eran privados y a la sociedad, en teoría, no le competía controlar aquellos aspectos de nuestra naturaleza y personalidad que estaban por fuera de su jurisdicción.

La privacidad no siempre ha estado ahí. En realidad ha sido una conquista poco protagónica con unos 200 años de antigüedad. Algunos suponemos que la privacidad es como el aire y no pueden privarnos de ella sin nuestro consentimiento. Algunos Estados la han visto como amenaza y han necesitado un control absoluto de conversaciones, pensamientos y acciones de los ciudadanos para asegurarse su hegemonía. La privacidad entonces era una enemiga del orden establecido, y las personas temían incluso pensar en contra del Estado. El sacramento de la confesión es un vestigio del viejo control que la iglesia ejercía sobre el pensamiento de la sociedad entera, pues los sacerdotes siempre estaban informados sobre lo que cada miembro de su comunidad pensaba. En los regímenes totalitarios, los niños eran premiados por delatar a sus padres, y así cientos de ejemplos de moraleja cuestionable: la historia está plagada de atropellos semejantes.

 En los últimos años esta frontera ha estado desvaneciéndose. Hemos ido transformando lo privado en público por buenas y por malas razones. Entre las buenas razones está el debate sobre el abuso sexual y todas esas veces en los que el derecho de las mujeres y los niños eran vulnerados por ser crímenes que ocurren en el ámbito de lo privado. Las feministas declaran “Lo privado es político” y en su discurso ello implica que las relaciones dentro de la privacidad deben seguir estándares definidos socialmente (ello para invalidar el argumento de que la violencia domestica no es un asunto público por estar dentro del campo de lo privado) En las malas razones está el internet (más específicamente, las redes sociales) que nos ha impulsado a convertir nuestra privacidad en un asunto público.

¿Somos conscientes de lo que estamos haciendo? Cada día uno que otro individuo se hace célebre por un comentario desafortunado, por una acción reprochable, por algún desajuste con la moral dominante y de inmediato pasa al paredón; honestamente a todos nos divierte juzgarlo, e incluso tenemos las herramientas para hacerlo. Hace algunos meses un tipo fue grabado golpeando un perro. La presión colectiva hizo que se quedara sin trabajo. Una mujer en X ciudad de EEUU hizo un comentario racista y de inmediato fue despedida. Estas personas pierden por completo su reputación y siempre serán recordadas por diez segundos de sus vidas. A todos nos divierte juzgarlas. Creemos que su humillación y miseria hacen al mundo un lugar mejor.

¿Pero somos tan buenos como para juzgarlos? ¿No tenemos miedo de ser nosotros los próximos en esta guillotina? ¿De verdad somos tan buenos? ¿Todas nuestras opiniones son acertadas? ¿Todas nuestras acciones son mesuradas y tranquilas? ¿Nunca nos equivocamos? ¿Nunca somos idiotas o cretinos? ¿Nunca mentimos? ¿Nunca tenemos una reacción prejuiciosa o rencorosa? ¿De verdad?

 Y si así fuera ¿Crees que esta moral será dominante toda la vida? A lo mejor hoy haces algo que mañana será reprochable y esa misma estructura que hoy celebras mañana será puesta en contra tuya.

Yo esto lo dudo profundamente. Si al menos la mitad de la población fuese tan buena, yo creería que el mundo debería ser un lugar menos horrible.

Escribo esto debido al comportamiento de internet sobre algunos comentarios de J.K Rowling. La autora parece sufrir cierto prejuicio contra la población Trans que me parece completamente comprensible para su edad, sin embargo algunos consideran justo y pertinente la lapidación pública. Por fortuna para Rowling, es lo suficientemente influyente y poderosa como para no verse afectada por este comportamiento, pero cientos de otros individuos no cuentan con la misma suerte.

Mi interés real no es defender sus opiniones. Creo que a medida que hacemos más importantes estos errores, y buscamos consecuencias más radicales para castigarlos nosotros mismos estamos renunciando a nuestro derecho a equivocarnos. Hace algunos años se decía que no se combate a los individuos sino a las opiniones, y hoy queremos que los que opinan mal sean anulados socialmente.

El 90% de los individuos no aprende con consignas sociales ni con directivas teóricas. Muchos necesitamos conocer y equivocarnos para aprender y corregir nuestros errores. Internet y la lapidación hacen imposible esto y puedes arrastrar un error toda la vida. Cada día esperamos un comportamiento más bueno y artificial detrás de cada uno de nosotros, lo que nos obliga a nuevos niveles de hipocresía, pues siempre será más fácil parecer bueno que serlo realmente.

¿Dejamos de ser racistas por el hashtag BlacklivesMatter? honestamente, lo dudo mucho.

Yo no creo que la sociedad merezca semejante control sobre nuestro pensamiento. No lo merecía en el pasado, no lo merece ahora y no lo merecerá en el futuro. Nunca seremos siempre buenos y siempre justos. Nunca seremos lo suficientemente inofensivos frente al poder. Las sociedades y su representación institucional (los Estados) nunca se cansarán de tener control sobre nuestras conversaciones y pensamientos, pues siempre encontrarán en ellos algo que les resulte amenazante.

Peor aún; incluso los Estados mejor intencionados políticamente son peligrosos si pueden ejercer presión sobre nuestra privacidad y nuestro pensamiento. Por eso deberíamos ceder al placer que nos produzca lapidar a otros. Si algo nos ha demostrado la historia es que las guillotinas son insaciables.

 

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