Sobre lo que queda de las tribus urbanas.



Fue noticia internacional; el 16 de marzo del 2008 se hizo celebre una trifulca ocurrida en ciudad de México, en la Glorieta de los Insurgentes, entre dos tribus urbanas: los punks y los emo. Los periódicos afirmaron que participaron unos trescientos adolescentes, y la situación escaló a tal nivel que la policía antidisturbios tuvo que intervenir. Y aunque aquel no fue un hecho aislado (sucesos similares ocurrían frecuentemente en toda Latinoamérica en diferentes pero menores escalas) si destacó lo suficiente (por ridículo) como para convertirse en un punto de quiebre en la cultura popular mexicana, que entonces era neurálgica en internet. Cuando les preguntaron a los participantes por el motivo de la pelea argumentaron diferencias ideológicas y estéticas (Ideología y estética se entrelazaban y se confundían entonces con facilidad) cierta normalización del bullyng (que en aquel entonces no indignaba a nadie) y algo de homofobia juvenil que se expresaba en el rechazo colectivo a la subcultura más joven, andrógina y minoritaria, que eran los emos. En las noticias de toda Latinoamérica docenas de sociólogos pedagogos y charlatanes intentaban explicarles a los padres lo que era una subcultura. Naturalmente se apañaban, se contradecían o decían vaguedades, o al menos eso pensaba yo en aquel entonces; era difícil reducir el pensamiento visceral y hormonal de cientos de adolescentes a una definición satisfactoria que además no los avergonzara. Las tribus urbanas amaban justificarse como ideologías, tenían paradigmas que podían tildarse de dogmas, pero odiaban a muerte ser definidas.

En ese entonces yo ya era un adulto más o menos racional, pero me embargaba una contradicción; por un lado estaba limpiando mi cabeza de los prejuicios estéticos de la subcultura que me simpatizó de adolescente y por el otro era muy consciente que cualquier luz sobre el asunto nos dejaba a todos en ridículo. Por eso me molestaban los análisis periodísticos sobre las subculturas; yo los juzgaba frívolos, pero puede que en realidad fuesen descarnadamente exactos. Durante mi adolescencia mi mayor ambición fue justificarme a mí mismo con cierto grado de profundidad, especialmente para que yo mismo pudiese tener una idea de lo que eran entonces mis preferencias estéticas. Buscaba bibliografía y un contexto histórico, buscaba una herencia y una tradición y creo que en general terminé inventándome todo eso que decía buscar y acomodando situaciones sin la más mínima coherencia lógica. A los 17 publiqué algunas notas de asociaciones infantiles y conclusiones vergonzosas que mis amigos, tan fanáticos como yo, terminaron celebrando. Por fortuna todo aquello desapareció en la extinción de Windows Live spaces, Hi5 y otro número indeterminado de comunidades virtuales.

Y en medio del fatalismo adolescente, yo mismo me condené a cierto grado de hipocresía; para los estándares de entonces yo era bastante "heterodoxo" en mis gustos musicales, pero lo era en privado; en público me mostraba tan radical, tan monocromático como el resto de mis congéneres.  

Hace algunas semanas escuché algo que casi puede tildarse de metáfora; el periodista Aldo Bartra usó la palabra "información" para describir aquello que distancia a los seres vivos de la materia inerte. En resumen, dijo que los seres vivos son capaces de transmitir, multiplicar y heredar información genética por sí mismos a sus descendientes, algo que los objetos inanimados no pueden lograr. Me impactó el uso de la palabra "información" para describir la vida (cuando pienso en información, a secas, me es imposible no ver en mi mente unos y ceros) y me resultó absolutamente imposible que otra generación llegara a una conclusión semejante usando precisamente esa palabra. Peor aún; en quinientos años, quien quiera entender esta imagen tendrá que entender el contexto tecnológico de nuestra época.

Y entonces pensé, ¿Cuál será ese contexto histórico, esa imagen incidental de mi generación, que le tiene el potencial de darle un tono, un imaginario y una personalidad? ¿De qué hablaremos con vergüenza o con emoción en algunos años? ¿que hemos vivido nosotros que probablemente no vuelva a repetirse?

Recordé entonces las guerras entre adolescentes, pensé en este suceso como algo clave para mi generación (aunque no lo fue en absoluto y creo que hasta sus participantes ya lo habrán olvidado) o al menos para mí, pues parte de mi forma de pensar proviene de la forma en la que pensábamos el mundo a través de las tribus urbanas. Como podrá verse, este marco es obstinadamente conservador. Nos parábamos en ese pequeño nicho de amigos para declarar "Todo el mundo está equivocado, todos es un error, excepto nosotros" Y puede que muchos sigamos pensando de la misma con diferentes excusas, tanto políticas como intelectuales.

Sin embargo no quiero vender a mi generación como una tribu de imbéciles. Éramos fanáticos, sí, pero por aferrarnos desesperadamente a la poca información que conseguíamos. Aferrados a esa minúscula parte del mundo que creíamos correcta, queríamos explicar todo lo demás con la descalificación simple; era normal equivocarse, pues era como si quisiéramos explicar los colores usando lentes a blanco y negro. Pese a todo jugábamos a la ortodoxia de la manera más inofensiva posible. No sé si sea un término indicado, pero me gusta pensar en aquella visión del mundo como el ejercicio de una "ideología estética". Al fin y al cabo condenada a desaparecer, pues la estética difícilmente puede reñir consigo misma, y en realidad está condenada a la tolerancia.

Catorce años han pasado desde el incidente de la Glorieta de los Insurgentes. El concepto de tribu urbana hoy me parece un poco más saludable que la idea de subcultura. Éramos consumidores banales, ideólogos baratos y pensadores efervescentes sin nada que decir, más cercanos a un perfil de consumidor que a la expresión genuina de una comunidad.  He recordado esto porque gracias al rencauche de los movimientos identitarios de derecha la idea de un tribalismo contemporáneo me resulta más vigente e interesante que nunca. En las crisis económicas, las grandes identidades flaquean, las ficciones y relatos nacionales desaparecen y las discusiones locales se vuelven superficiales; la crisis de las identidades regionales y políticas confluyen en tribus urbanas políticas, que son millones de veces más peligrosas que las musicales.

Y en definitiva; si quieres ser un tonto, sé un tonto musical. La suma de tontos en política es muchísimo más peligrosa que cualquier daño hecho por una subcultura juvenil.

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