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Estimado amigo: 



No, no encuentro motivos para sentirme culpable por la decisión de David. Es difícil hablar de la depresión sin airear un imperativo moral, y es probable que pienses que ya he sacado mi discurso sobre la muerte y sobre la vida, proclamándolo como una verdad, como una sentencia condenatoria hacia quienes rechazan su propia existencia; si esa es tu impresión creo que me he explicado bastante mal, pues nunca he logrado juzgar a David. A lo sumo, mis argumentos apenas y bastan para convencerme a mí mismo de no matarme. De hecho mi esfuerzo es la empatía, y casi que la complicidad; hoy veo a David como un niño detenido en el tiempo, como un náufrago del pasado del que procuro no olvidarme. Sé que todo ocurrió por el nihilismo del tiempo que él y yo compartimos. Por eso lo entiendo precisamente. Porque me enfrenté a los mismos vacíos, a los mismos silencios que lo derrotaron. 

Por la forma en la que terminé mi anterior carta es inevitable pensar en una conclusión Camusiana a la pregunta del por qué no nos suicidamos, pero mi respuesta es mucho más escueta; interiormente cada uno de nuestros átomos con movilidad orgánica huye de la muerte y ello debe significar algo que supera a nuestro razonamiento. Alguna vez conversé eso con David, le dije que todos los motivos por los cuales es válido matarse parten de la negación de la vida. Acababa de leerme una buena parte del Ser y la Nada de Sartre, y como es natural, apenas y había entendido un puñado de palabras. Le dije; morimos cuando no somos lo que queremos ser, cuando la existencia y su no ser terminan convertidos en padecimiento. No soy lo que deseo, no soy aquello que quisiera ser, y mi sufrimiento puede terminarse con la muerte. Pues exactamente, ¿Qué nos ofrece la vida como para aferrarnos a ella? Es una ecuación que colapsa inevitablemente en ceros, dijo David. Seas lo que seas, hagas lo que hagas tu destino es la muerte. Eso futiliza las ambiciones.

 David no era el chico más listo de la ciudad, pero poseía una intuición que bien podríamos tildar de sabiduría. A veces me quedaba hasta la madrugada en su casa, hablando de cine, literatura y música. Nuestra época era difícil. Estábamos en noveno grado. Al país lo gobernaba un psicópata, así que los asesinatos estaban a la orden del día. A veces temía salir muy tarde y ser abordado en la calle por los asesinos. Solo me sucedió una vez, pero me dejaron libre porque no me encontraron ningún rastro de droga. Tuve suerte. La mayoría de asesinos no se detienen a revisar si llevas drogas en tu maleta. David me dijo alguna vez que mis caminatas nocturnas eran una forma de suicidio. Un suicidio arrojado a la suerte, sin voluntad, sin valentía; de todas aquellas veces en algún momento me confundirían con alguien y me matarían a mí.

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