El Golem tecnológico.


 I

Hace un rato leía un poema de Hans Magnus Enzensberger cuyo titulo es “Algunas ventajas de la civilización” Su primera estrofa dice lo siguiente:

       Viene de donde quiera que sea, por sí misma,
       agua del grifo, curiosamente
       transparente, maravillosamente fría,
       también traen pasteles de semilla de adormidera,
       distribuyen seguridades, de oro,
       de goma, de cosas bobas, a discreción,
       inteligentes, en las que te puedes envolver,
       que puedes tragar, leer,
       y se te construyen cajas
       en las que viajas, vives, mueres.

Paralelo al agua de  Enzensberger, descargo a través de internet, en un acceso legal y publico, uno de los discos mas importantes de mi vida. Agua para mi. Agua digital en la máxima calidad posible, algo que me resulta tan extraordinario como la visión poética de Enzensberger del agua cristalina de la llave.

Si desconocemos los mecanismos, podemos pensar que tanto el agua como el internet llegan a nosotros por sí mismos, como fuerzas naturales.  

Se han popularizado en nuestros días las doctrinas anticulturales, las ideologías que se declaran enemigas de la civilización y sus símbolos. Algunas de estas doctrinas son abiertamente aterradoras. Otras se disfrazan de causas justas y humanistas, y sin embargo llevan de manera inherente una enemistad absoluta contra  todo lo que valoramos de la civilización.


II

En algún panfleto neonazi leí una interpretación paranoica que conectaba al Golem judío con el concepto de dinero plástico. El argumento dice que la banca internacional es una enorme construcción  teológica-tecnológica que protege a los judíos y les otorga el gobierno del mundo. Una inteligencia artificial absoluta  de razonamiento frio controla el dinero de los mercados, nos esclaviza con la deuda y le otorga el control del mundo a quien esté al otro lado de la pantalla principal. El Golem, por tanto, sería literalmente una metáfora de un dios artificial, obediente y malvado construído por el judaismo: tengo que aceptar que en muchos rasgos el argumento me pareció incómodamente plausible, salvo por el detalle de que redirecciona vagamente a los protocolos de Sion, y su licencia interpretativa me llevó a pensar que los protocolos son un libro incompleto que continuará escribiéndose una y otra vez, tal como se escribió e interpretó en el pasado, en el presente y en el futuro.

El Golem tecnológico es, pues, la actualización contemporánea de ese otro mito, la conspiración judeomásónica, o el nuevo orden mundial.

III

 Indudablemente los protocolos de Sión todo lo soportan y todo lo justifican. Y cada vez que se traducen, los actualizan; el lenguaje es remodelado y con él su sentido secreto. Estoy seguro de que mantendrán su vigencia mientras exista una banca internacional a la cual culpar de todas nuestras desdichas (eso no implica que la banca no exista, y que en muchos sentidos no nos gobierne, y que además no sea cómplice de nuestras desdichas, pero esa culpa es más bien ecuánime)

Pero en fin, aquí no hablaremos de culpa, ni de conspiraciones humanas.

Mi principal molestia con el argumento de los protocolos de Sion es su pedantería infantil, su visión caricaturesca de la maldad.

Como ejemplo, subrayo este fragmento de los protocolos de los sabios de Sion, cuyo texto es tan ridículo que me cuesta aceptar, o mejor aún, comprender su terrible importancia histórica. 

La política no tiene nada que ver con la moral. Un
jefe de estado que pretenda gobernar con arreglo a leyes
morales, no es hábil y, por tal, no este bien afianzado en
su asiento. Todo el que quiera gobernar debe recurrir al
engaño y a la hipocresía. En política, el honor y la
sinceridad se convierten en vicios que despachan a un
mandatario más pronto que sus mayores enemigos.
Afirmamos dichas cualidades para los gentiles; pero
nosotros, bajo ningún concepto, nos sentimos
comprometidos con ellas.



 Cuando se posee el poder, el poder absoluto, no son necesarias estas aclaraciones, estos razonamientos pueriles. No se gobierna el mundo describiéndolo, juzgándolo desde una antimoralidad petulante, si no ejecutándolo; el concepto contemporáneo de eficiencia y rendimiento es mucho más malvado y aséptico que cualquier discurso atribuido a los dueños del mundo. Si mi punto de maldad caricaturesca no queda claro, adjunto además este otro fragmento.

Nuestra divisa debe ser fuerza e hipocresía. Solo la
fuerza da la victoria en política, sobre todo cuando se
oculta con destreza por quienes gobiernan un estado. La
violencia debe ser un principio. El engaño y la hipocresía
son las reglas de oro de aquellos gobiernos que no quieren
caer ante un nuevo poder.
Con estos perjuicios se consigue el bien.
No nos detengamos innecesariamente
ante la corrupción, la compra de conciencias, la impostura
y la traición, porque con ellas servimos a nuestra causa.

En muchos sentidos uno podría comparar el príncipe de Maquiavelo con los protocolos de Sion y analizar el lenguaje de quien precede y conoce el poder y quien simplemente lo desea o lo anhela. Hay tanta energía, tanto apetito en los protocolos, que a veces pienso que los escribió alguien caído en desdicha y cediendo de venganza (alguien podría contestarme que esos eran precisamente los judíos en el siglo XIX)  Esas advertencias morales de la fuerza y sobretodo de la hipocresía, esa repetición constante de “seremos malotes sin importarnos nada” esa actitud extrañamente pedagógica que nos recuerda al malvado de la película que siempre le explica sus planes al héroe engañado por una efímera sensación de victoria, toda esa arrogancia innecesaria e inútil nos impulsa a pensar en una maldad simplona y demasiado básica como para poderle acuñarles las desgracias del mundo en los últimos dos o tres siglos de "influencia judía".

Si colocamos a la maldad absoluta en un lado de la balanza no es ni siquiera obligatorio colocar al otro extremo a la verdad absoluta. Sin embargo es un lugar común en la política la idea de que si combatimos el mal absoluto es porque somos absolutamente buenos y por lo tanto, todos nos debería estar permitido.

Los protocolos de Sion, al fin y al cabo, son un documento histórico, cuyos efectos en la historia jamás dependieron de su falsedad o su veracidad.

Creo que un verdadero ente todopoderoso está por encima de estas frases morales, ingenuas,  y puede que incluso no requiera ningún tipo de pensamiento sobre su naturaleza; no es necesario que reveles tus planes, o incluso (si eres verdaderamente cruel) no es necesario que captures prisioneros. La maldad no reflexiona sobre su inmoralidad. El verdadero Golem debería ser tan poderoso que no necesite esclavizar a la humanidad, pues nos someteremos a él de buena gana. deberíamos ser ante él seres desechables, una herramienta de autosatisfacción. Nada semejante existe en las mitologías del nazismo.





 IV

El Golem tecnológico que han resignificado los neonazis del siglo XXI bien podría ser una realidad ahora, sin embargo, no puede decirse que sea explícitamente judío, pues esto carece por completo de significado. Si concluimos, como han concluido los neoconspiranoides, que el Golem es el internet, y que posee consciencia propia, conciencia que utiliza para vigilarnos y gobernanos, es imposible asignarle un rol estrictamente judío. El judaísmo en esta teoría totalitaria se desvanece, pues el Golem tecnológico toma vida propia como un opresor no-humano, no ideológico, muy superior a nosotros en nuestra individualidad, estrictamente interesado en el desarrollo tecnológico, replicándose a si mismo, sólo a si mismo como expresión genuina de su poder. A su lado, todos los valores humanos, culturales, son insignificantes y banales.

 Este Golem totalitario también me recuerda a lo que la imaginación feminista comprende como patriarcado. Allí existe toda una construcción teórica que puede, a través de una lectura de símbolos y relaciones,  satanizar por completo  la cultura y la civilización occidental. Sin embargo el patriarcado y el golem parecen construidos de la misma arcilla; al ser construcciones imaginativas totalitarias, exigen en sus opositores un dogmatismo totalitario.

Del Golem me fascina su oblicuidad. Contaminarlo con una ideología es reducirlo a una caricatura, pues no necesita ningún pueblo, ningún género, ninguna banca, ninguna religión o ningún privilegio para sobrevivir.
Honestamente, me es bastante difícil no declararme a su favor.